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En la no muy lejana historia de la humanidad, allá por el tiempo en que el uso del latín denotaba cierta solemnidad (aunque también una marcada “mamonería” como diríamos en México) había un concepto que invocaba un sentido íntimo, entrañable, algo así como un precedente de lo recóndito del alma y la mente. “De Profundis”.
En algunos conventos se tenía una “Sala De Profundis” que estaba designada a momentos de rezo (del Salmo 130):
Pero también de meditación y reflexión en silencio, en oración al Señor para aclarar las dudas espirituales y quizá también para dispersar los pecados de pensamiento, palabra, obra y omisión (cosa que queda entre cada uno con su Creador).
Oscar Wilde titulo también una de sus cartas con esta nomenclatura, durante su encierro en la prisión de Reading. En ella, Wilde a manera de un Job del siglo XIX se manifiesta abandonado, herido, lleno de pensamientos tortuosos a la vez que experimenta el más diverso abanico de emociones durante el cautiverio.
“De Profundis” equivaldría en nuestros tiempos – desde mi parecer – a concientizarnos de alguna situación pasada, presente o de una realidad alterna si bajo el clásico “hubiera” nuestras acciones y elecciones (o la falta de ellas) develaran un remoto escenario en el que las cosas como las conocemos sucedieran diferente, o simplemente no sucedieran.
Por ejemplo, un asalto. Allá por febrero del año 2018 cuando regresaba a casa, cometí la imprudencia de permanecer en una llamada telefónica mientras caminaba por la calle (mal iluminada y solitaria) que recorría cada mañana al irme al trabajo, y cada noche al regresar de él. Y fue de consecuencias lamentables para mí.
Al pasar frente a una tienda de abarrotes, de manera “instintiva” vi a dos tipos sospechosos que me dieron mala espina pero que, bajo la ilusión de haberlos dejado atrás, nunca sospeché que serían los ampones que una calle más adelante me acorralaría para despojarme de mis pertenencias.
Mochila, computadora, llaves, cargador del teléfono y el smartwatch, libretas con apuntes de trabajo y también otra con notas personales, a más del bendito teléfono móvil que, pese a que lo arrojé entre las jardineras de una casa que estaba protegida por rejas los amigos de lo ajeno pudieron tomarlo como parte del botín.
Siempre ronda en mi cabeza “si hubiera colgado” “si me hubiera detenido” “si hubiera caminado más rápido” … una serie de pensamientos que surgen al calor del momento, y que después de nueve años sigo rumiando el escenario y los miles de posibilidades que existen sólo en mi cabeza para haberlo evitado. Al menos estoy vivo aún.
Mi amiga Ana Lilia decía “Cuando te toca, aunque te quites. Y cuando no, aunque te pongas”. Mi madre también suele decirlo. Y aunque en el ciclo del duelo, después de la aceptación debería ser más llevadero el asunto o caer en el olvido, hay personas como yo que lo siguen rememorando de vez en vez. Quizá por ocio.
Pero este ejercicio no encuentra su fuerza real sólo en la lamentación de los “hubiera” trágicos o de los ecos de la supervivencia. Al descender un poco más en el infinito espacio de la memoria, hay ausencias, unas más silenciosas que otras, y unas que triunfan por sobre las demás.
Por ejemplo, amistades perdidas. Y no derivado de conflictos o malos entendidos, que de por sí ya son complicadas. Sino más bien aquellas que, por el paso de los años dejamos de tener como parte de nuestras vidas, sea porque cambiamos de escuela, de ciudad, de país, de costumbres, de vida.
Vienen a mi mente nombres de muchos que dejé atrás en mis años de primaria y hasta segundo de secundaria en el Colegio Francés Hidalgo, los que fueron llamarada de petate en el tercero de secundaria del Colegio Helen Keller, algunos de mi único año de preparatoria en el Colegio Fray Bernardino de Sahagún y otros más de la universidad.
Muchos de ellos los veo aún en fotos de aquellos años (entre 1986 y 2004) que tengo hoy en una vieja caja de cartón, misma que alguna vez fue la sensación del día cuando mi papá compró su primera laptop de trabajo y que nosotros de vez en vez usábamos para la tarea y un poquito para explorar esa cosa nueva en nuestras vidas llamada Internet por tonos.
Ni hablar de los amores, que también nos llevan a una reflexión “De Profundis” respecto a cómo nos comportamos, si fue suficiente, si excedimos en lo que dimos e hicimos o si quedamos faltos de entrega y esfuerzo. Quizá con el pasar de los años esta sea una de las que más nos acechan en la sombra.
Sin embargo, descender más en los círculos del recuerdo (cual Dante y Virgilio por los del infierno) exige no solo “llorar sobre la leche derramada” o añorar a quienes se fueron, sino atrevernos a levantar el rostro y desafiarnos a sostener la mirada (como diría Sabina) “con el íntimo enemigo que mal vive de pensión en mi corazón”: el otro lado del espejo.
Los estragos de la memoria (el recuento de los daños) también vienen del lado individual. Lo que hicimos como hijos, como hermanos, como padres, como compañeros de escuela o como colegas de trabajo. “De Profundis” nos damos cuenta de que, con el paso de los años, ciertas cosas que hicimos nos llenarían de vergüenza si las diéramos a conocer.
Este paseo por el claroscuro de nuestra historia personal podría parecer un acto de castigo o penitencia a fuerza de silicio y látigo con puntas de hierro. Sin embargo representa en realidad un proceso cuasi necesario de conciliación. Embebernos en este "De Profundis" confesional, más que casualidad responde a la causalidad.
Toda esta perorata y cosas que escribo derivan de pláticas que he tenido en los últimos meses con personas de mi entorno con las que, si bien no ha sido el propósito que perseguía, me he congraciado y reconciliado luego de que en los años de mocedad que compartimos hubo momentos y situaciones que no salieron bien.
Con alguna de ellas, por citar un ejemplo concreto, tuve muchos conflictos entre mis 18 y 21 años. Estaría yo a esa edad en la cumbre de la arrogancia y la soberbia, pensando un poco que el mundo era mío por derecho y que tenía potestad de hacer lo que yo deseara al tiempo que equívocamente me sentía merecedor de todo.
Hubo promesas – de trabajo, de negocio, de recompensa – que nunca llegaron a ser más que eso porque la persona en cuestión lo decía al calor de las copas, o porque prefería dar estas oportunidades y privilegios a otras personas que en ese momento le eran proveedores de zalamería y lisonja.
Varias veces me vi reemplazado por otra persona en orden de prioridad. Su cuñado, por ejemplo, terminó viviendo en un departamento que en teoría iba ser “mi espacio de trabajo”. Y un pariente de una pareja que tuvo recibió preferencia para ocupar un espacio que yo ayudé a construir y dar forma.
Fueron años que, si bien en el momento que sucedieron me dejaron una profunda huella de resentimiento, me enseñaron de manera indirecta que no debía esperanzarme en palabras de alguien más, y que debía esforzarme en mis propias posibilidades para obtener lo que quisiera o necesitara para trabajar y vivir.
El tiempo y esta enseñanza fueron primordiales para que, años después, la relación de afecto y camaradería sanara y, ahora en lugar de estar y representar una posición de dependencia, con mi autonomía y lo que hasta el momento he logrado, puedo hablar de igual a igual y conservar la relación ya no por interés, sino por auténtico cariño.
Hacer este ejercicio “De Profundis” me ha ayudado a ver y entender que más allá de mi expectativa y deseo de lo que quiero que la gente haga, las personas tienen su propia manera de actuar y pensar, y yo puedo optar por desgastarme en rencillas, rencores y resentimientos, o simplemente dejarlos ser y yo también ser, y punto.
Que incluso en las cosas negativas que recibí de la gente, puedo agradecer el gesto porque me enseñó, con los años, cosas que en ese momento no entendí:
Las amistades que prometieron estar siempre, y no lo hicieron.
Los amores que juraron “hasta el fin del mundo” y huyeron.
Los “te pago mañana” que no llegaron.
Los “yo te voy a ayudar” que no se cumplieron.
Los “te lo digo por tu bien” que en realidad no lo eran.
Las felicitaciones que se dijeron de dientes para afuera.
Los pésames que sólo fueron por cumplir.
Los “déjame ver que puedo hacer” que se quedaron en el limbo.
Los “nos organizamos” que siguen en el tintero.
Los “me encanta como eres” que después se convirtieron en “¿Por qué eres así?”.
Hoy, tras un “De Profundis” lleno de memorias, de fotografías, de conversaciones, de meditación y reflexión, de solitud, de nombres, de momentos, de historias; puedo ver lo que más joven no veía, y apreciar con ese “retrogusto” que da solamente la vida con experiencia y madurez lo que la falta de años no me dejaba apreciar.
Y, si bien algunas cosas se van sintiendo con menor intensidad, si el luto se ha vuelto más llevadero, si ya no nos tomamos la vida tan a pecho como en los años mozos, no olvidemos que el mundo es un pañuelo y que, tarde que temprano, nos pone frente a las personas de nuestro pasado para probarnos.
Por si acaso tenemos aún el imberbe sentimiento que nos da lo que no hemos superado, o si por el contrario, nos llena de una paz y serenidad porque hemos aprendido a sobreponernos de las dificultades, a olvidar lo que ya no nos afecta, a dejar de querer ejercer el control de las cosas.
Quien sabe y si, por ventura, tengamos la oportunidad de ponernos a cuentas y dejar de cargar lastres emocionales que nos impiden continuar, o resentimientos sin sentido que nos pueden dar a cambio de renunciar a ellos una relación mejor y más satisfactoria con quienes hemos evitado confrontar.
Saludos cordiales.
=)
En algunos conventos se tenía una “Sala De Profundis” que estaba designada a momentos de rezo (del Salmo 130):
“1. De lo profundo, ¡Oh, Jehová! A ti clamo…”
Pero también de meditación y reflexión en silencio, en oración al Señor para aclarar las dudas espirituales y quizá también para dispersar los pecados de pensamiento, palabra, obra y omisión (cosa que queda entre cada uno con su Creador).
Oscar Wilde titulo también una de sus cartas con esta nomenclatura, durante su encierro en la prisión de Reading. En ella, Wilde a manera de un Job del siglo XIX se manifiesta abandonado, herido, lleno de pensamientos tortuosos a la vez que experimenta el más diverso abanico de emociones durante el cautiverio.
“De Profundis” equivaldría en nuestros tiempos – desde mi parecer – a concientizarnos de alguna situación pasada, presente o de una realidad alterna si bajo el clásico “hubiera” nuestras acciones y elecciones (o la falta de ellas) develaran un remoto escenario en el que las cosas como las conocemos sucedieran diferente, o simplemente no sucedieran.
Por ejemplo, un asalto. Allá por febrero del año 2018 cuando regresaba a casa, cometí la imprudencia de permanecer en una llamada telefónica mientras caminaba por la calle (mal iluminada y solitaria) que recorría cada mañana al irme al trabajo, y cada noche al regresar de él. Y fue de consecuencias lamentables para mí.
Al pasar frente a una tienda de abarrotes, de manera “instintiva” vi a dos tipos sospechosos que me dieron mala espina pero que, bajo la ilusión de haberlos dejado atrás, nunca sospeché que serían los ampones que una calle más adelante me acorralaría para despojarme de mis pertenencias.
Mochila, computadora, llaves, cargador del teléfono y el smartwatch, libretas con apuntes de trabajo y también otra con notas personales, a más del bendito teléfono móvil que, pese a que lo arrojé entre las jardineras de una casa que estaba protegida por rejas los amigos de lo ajeno pudieron tomarlo como parte del botín.
Siempre ronda en mi cabeza “si hubiera colgado” “si me hubiera detenido” “si hubiera caminado más rápido” … una serie de pensamientos que surgen al calor del momento, y que después de nueve años sigo rumiando el escenario y los miles de posibilidades que existen sólo en mi cabeza para haberlo evitado. Al menos estoy vivo aún.
Mi amiga Ana Lilia decía “Cuando te toca, aunque te quites. Y cuando no, aunque te pongas”. Mi madre también suele decirlo. Y aunque en el ciclo del duelo, después de la aceptación debería ser más llevadero el asunto o caer en el olvido, hay personas como yo que lo siguen rememorando de vez en vez. Quizá por ocio.
Pero este ejercicio no encuentra su fuerza real sólo en la lamentación de los “hubiera” trágicos o de los ecos de la supervivencia. Al descender un poco más en el infinito espacio de la memoria, hay ausencias, unas más silenciosas que otras, y unas que triunfan por sobre las demás.
Por ejemplo, amistades perdidas. Y no derivado de conflictos o malos entendidos, que de por sí ya son complicadas. Sino más bien aquellas que, por el paso de los años dejamos de tener como parte de nuestras vidas, sea porque cambiamos de escuela, de ciudad, de país, de costumbres, de vida.
Vienen a mi mente nombres de muchos que dejé atrás en mis años de primaria y hasta segundo de secundaria en el Colegio Francés Hidalgo, los que fueron llamarada de petate en el tercero de secundaria del Colegio Helen Keller, algunos de mi único año de preparatoria en el Colegio Fray Bernardino de Sahagún y otros más de la universidad.
Muchos de ellos los veo aún en fotos de aquellos años (entre 1986 y 2004) que tengo hoy en una vieja caja de cartón, misma que alguna vez fue la sensación del día cuando mi papá compró su primera laptop de trabajo y que nosotros de vez en vez usábamos para la tarea y un poquito para explorar esa cosa nueva en nuestras vidas llamada Internet por tonos.
Ni hablar de los amores, que también nos llevan a una reflexión “De Profundis” respecto a cómo nos comportamos, si fue suficiente, si excedimos en lo que dimos e hicimos o si quedamos faltos de entrega y esfuerzo. Quizá con el pasar de los años esta sea una de las que más nos acechan en la sombra.
“Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora…”
Sin embargo, descender más en los círculos del recuerdo (cual Dante y Virgilio por los del infierno) exige no solo “llorar sobre la leche derramada” o añorar a quienes se fueron, sino atrevernos a levantar el rostro y desafiarnos a sostener la mirada (como diría Sabina) “con el íntimo enemigo que mal vive de pensión en mi corazón”: el otro lado del espejo.
Los estragos de la memoria (el recuento de los daños) también vienen del lado individual. Lo que hicimos como hijos, como hermanos, como padres, como compañeros de escuela o como colegas de trabajo. “De Profundis” nos damos cuenta de que, con el paso de los años, ciertas cosas que hicimos nos llenarían de vergüenza si las diéramos a conocer.
Este paseo por el claroscuro de nuestra historia personal podría parecer un acto de castigo o penitencia a fuerza de silicio y látigo con puntas de hierro. Sin embargo representa en realidad un proceso cuasi necesario de conciliación. Embebernos en este "De Profundis" confesional, más que casualidad responde a la causalidad.
Toda esta perorata y cosas que escribo derivan de pláticas que he tenido en los últimos meses con personas de mi entorno con las que, si bien no ha sido el propósito que perseguía, me he congraciado y reconciliado luego de que en los años de mocedad que compartimos hubo momentos y situaciones que no salieron bien.
Con alguna de ellas, por citar un ejemplo concreto, tuve muchos conflictos entre mis 18 y 21 años. Estaría yo a esa edad en la cumbre de la arrogancia y la soberbia, pensando un poco que el mundo era mío por derecho y que tenía potestad de hacer lo que yo deseara al tiempo que equívocamente me sentía merecedor de todo.
Hubo promesas – de trabajo, de negocio, de recompensa – que nunca llegaron a ser más que eso porque la persona en cuestión lo decía al calor de las copas, o porque prefería dar estas oportunidades y privilegios a otras personas que en ese momento le eran proveedores de zalamería y lisonja.
Varias veces me vi reemplazado por otra persona en orden de prioridad. Su cuñado, por ejemplo, terminó viviendo en un departamento que en teoría iba ser “mi espacio de trabajo”. Y un pariente de una pareja que tuvo recibió preferencia para ocupar un espacio que yo ayudé a construir y dar forma.
Fueron años que, si bien en el momento que sucedieron me dejaron una profunda huella de resentimiento, me enseñaron de manera indirecta que no debía esperanzarme en palabras de alguien más, y que debía esforzarme en mis propias posibilidades para obtener lo que quisiera o necesitara para trabajar y vivir.
El tiempo y esta enseñanza fueron primordiales para que, años después, la relación de afecto y camaradería sanara y, ahora en lugar de estar y representar una posición de dependencia, con mi autonomía y lo que hasta el momento he logrado, puedo hablar de igual a igual y conservar la relación ya no por interés, sino por auténtico cariño.
Hacer este ejercicio “De Profundis” me ha ayudado a ver y entender que más allá de mi expectativa y deseo de lo que quiero que la gente haga, las personas tienen su propia manera de actuar y pensar, y yo puedo optar por desgastarme en rencillas, rencores y resentimientos, o simplemente dejarlos ser y yo también ser, y punto.
Que incluso en las cosas negativas que recibí de la gente, puedo agradecer el gesto porque me enseñó, con los años, cosas que en ese momento no entendí:
Las amistades que prometieron estar siempre, y no lo hicieron.
Los amores que juraron “hasta el fin del mundo” y huyeron.
Los “te pago mañana” que no llegaron.
Los “yo te voy a ayudar” que no se cumplieron.
Los “te lo digo por tu bien” que en realidad no lo eran.
Las felicitaciones que se dijeron de dientes para afuera.
Los pésames que sólo fueron por cumplir.
Los “déjame ver que puedo hacer” que se quedaron en el limbo.
Los “nos organizamos” que siguen en el tintero.
Los “me encanta como eres” que después se convirtieron en “¿Por qué eres así?”.
Hoy, tras un “De Profundis” lleno de memorias, de fotografías, de conversaciones, de meditación y reflexión, de solitud, de nombres, de momentos, de historias; puedo ver lo que más joven no veía, y apreciar con ese “retrogusto” que da solamente la vida con experiencia y madurez lo que la falta de años no me dejaba apreciar.
Y, si bien algunas cosas se van sintiendo con menor intensidad, si el luto se ha vuelto más llevadero, si ya no nos tomamos la vida tan a pecho como en los años mozos, no olvidemos que el mundo es un pañuelo y que, tarde que temprano, nos pone frente a las personas de nuestro pasado para probarnos.
Por si acaso tenemos aún el imberbe sentimiento que nos da lo que no hemos superado, o si por el contrario, nos llena de una paz y serenidad porque hemos aprendido a sobreponernos de las dificultades, a olvidar lo que ya no nos afecta, a dejar de querer ejercer el control de las cosas.
Quien sabe y si, por ventura, tengamos la oportunidad de ponernos a cuentas y dejar de cargar lastres emocionales que nos impiden continuar, o resentimientos sin sentido que nos pueden dar a cambio de renunciar a ellos una relación mejor y más satisfactoria con quienes hemos evitado confrontar.
Saludos cordiales.
=)