Augusto
Millonario
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Todeschini nació haciendo música. Literalmente.
Principios del siglo XX.
Luiz Matheus Todeschini aprende a fabricar acordeones con Luigi Somenzi.
Un taller pequeño.
Trabajo artesanal.
Pero con ambición.
1932.
Una tragedia lo cambia todo.
Somenzi muere en un viaje a Italia.
Todeschini compra la parte de la viuda.
Y crea la empresa con un nombre ambicioso:
“Gran Fábrica de Instrumentos Musicales y Fuelles”.
El comienzo fue difícil.
Pero llegó el crecimiento.
Años 60:
1.500 acordeones al mes.
Referencia nacional.
Hasta Luiz Gonzaga, el Rey del Baião, visita la fábrica en 1967.
Buscaba el “acordeón de sus sueños”.
La marca estaba en la cima.
Entonces… todo cambió.
Años 70.
Entra un nuevo socio: José Eugênio Farina.
51 días después…
un incendio destruye la empresa.
Al mismo tiempo, el mercado se volvía en su contra:
Guitarras eléctricas.
Teclados.
La fiebre de la Jovem Guarda.
La demanda de acordeones se desploma.
Producto en caída.
Empresa destruida.
¿Era el final?
Casi.
Pero Farina tomó una decisión difícil:
No reconstruir el pasado.
Sino reinventar el futuro.
Después de más de 2 años parada…
la empresa volvió diferente.
Sale la música.
Entran los muebles.
Producción improvisada.
Dentro de un pabellón.
Cero glamour.
Pero con dirección clara.
Foco en cocinas a medida.
Ejecución.
Consistencia.
Escala.
La apuesta funcionó.
Hoy:
Una de las mayores fabricantes de muebles a medida de América Latina.
Más de 700 empleados.
125.000 m² de área industrial.
De acordeones…
a cocinas.
¿Qué enseña esta historia?
Las empresas no quiebran solo por crisis.
Quiebran cuando se aferran al pasado.
Todeschini entendió algo raro:
No siempre sobrevivir es resistir.
A veces…
es cambiar por completo.
Mientras muchos intentan salvar lo que ya no funciona…
los mejores tienen el coraje de empezar de nuevo.
Y eso es lo que transforma las tragedias…
en nuevos imperios.