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Hace unos meses empecé a involucrarme en el foro de EstoCrece.com para buscar bases y experiencias que alimentaran mi contexto y, con ello, poder iniciar mis publicaciones – escritas en primera instancia, audiovisuales en el futuro próximo – con un conocimiento más robusto de varios temas.
Hoy, en un correo que recibo habitualmente de este foro, al final del mismo tuvieron el tino (un poco en son de humor, pero con una importante reflexión) de colocar esta metáfora:
Sencillo, funcional y divertido. Personal, fácil y memorable. Las cosas sencillas (del pasado, del presente y muy seguramente del futuro que viene) tienen un valor que muchas veces depreciamos por la novedad, porque “ya no mola”, porque “es ridículo”. Y, sin embargo, esas pequeñas cosas prevalecen.
Y, ¿Por qué? ¿A que se debe que esas cosas sencillas, sin aparente uso ni atractivo, sigan vigentes? Ese refrán que el abuelo solía decir, ese libro que nos describe la realidad de un tiempo anterior como si fuera el nuestro propio, esa intuición de madre que sabe cuando las cosas están mal, ese truco que papá nos enseñó para hacer cálculo mental.
Son tópicos atemporales que, a manera de ritual o tradición, van pasando de una generación a otra. Y que, sin embargo, pareciera que en nuestro mundo de prisas y – como nos dice Michael Ende en su libro “Momo” – en el que “el tiempo ahorrado es tiempo doblado” el mantenerlos es un desperdicio para algunas personas.
Igual que las modas tienen un ciclo de cima y valle y vuelven de vez en vez, así también conocimientos del pasado compartidos por hombres y mujeres en su tiempo han tenido trascendencia, la han perdido y han resucitado en tiempos postreros. Diría el Eclesiastés “y nada hay nuevo debajo del sol”.
No obstante, la posmodernidad en la que vivimos nos deslumbra con su enfoque en el consumo y la inmediatez, en medio de una cultura que prácticamente exige que todo lo que hagamos sea productivo y – como los hombres grises de Momo – sugiere que todo lo que no lo sea es pérdida de tiempo.
Fórmulas de éxito express, de como hacernos la vida más fácil, ganar dinero rápido, bajar de peso o ponerte en forma sin esfuerzo. Ilusiones que nos prometen un resultado idealizado con la menor entrega y trabajo posible. Una forma muy práctica de decir “quiero esto, pero no quiero pagar el costo de obtenerlo”.
Evasión de conflictos, en sintonía con el “Puer Aeternus” que Carl Gustav Jung nos estudia en su “Psicología del arquetipo del niño” e “Introducción a la esencia de la mitología” (esta última en colaboración con Karl Kerényi) y del que James Hillman nos describe como una enfermedad que se manifiesta con la inmadurez y la huida de la realidad.
El propio Hillman en su libro “La fuerza del carácter y la larga vida” nos desvela que aprovechar la experiencia de los demás en los siglos pasados, y nuestra propia experiencia en la vida que ya hemos recorrido, es un valor supremo, ético, político y terapéutico. Algo que mantiene vivas esas pequeñas cosas de las que hablamos antes.
Así, la experiencia de vida que nuestros padres, abuelos, y ancestros en general han transmitido a nuestra persona - con anécdotas, consejos, advertencias, ejemplos incluso - forman parte de nuestro contexto, y nos permiten sumar de nuestra propia experiencia de vida algo que a su vez dejaremos a nuestra descendencia (quienes decidan tenerla).
Con esta visión, llevo mis reflexiones de estos “saberes inútiles” y tradiciones al análisis de lo que leí hoy en el post de LinkedIn “In 7 minutes” de Jordi Alemany. Bajo el título “La verdad que nadie quiere reconocer sobre la actual crisis de compromiso” desarrolla puntos interesantes respecto a la percepción actual de que algunos rechazan el esfuerzo.
Coincido con él en que hay un cambio de paradigma en la cultura del trabajo entre quienes aprendimos y crecimos a finales del siglo pasado (70´s, 80´s y 90´s) y quienes pertenecen al siglo XXI. Y agrego a su análisis un poco de mi cosecha, en donde interviene todo este tema del conocimiento heredado.
Entiendo perfectamente que hoy, un individuo “X” de edad “N” pueda tener un estándar alto de sus expectativas laborales, donde deseé sentir que el esfuerzo que dedica al trabajo tenga sentido y retorno, y que ante la oferta de alternativas profesionales mejores elija irse de una empresa para mejorar sus condiciones de vida.
Coincido también en que, al desaparecer la confianza de este individuo en la empresa, los ideales o la recompensa emocional que recibe de parte de quienes la representan, decida que no es el lugar para él y prefiera cambiar a algo que quizá le represente menor remuneración, pero más auto realización y satisfacción personal.
Más aún con los procesos de reclutamiento actuales donde, en ocasiones, se presenta una oferta y condiciones “idealizadas” que después no se cumplen (o pareciera que no según la métrica del sujeto en cuestión) y merman el cumplimiento del colaborador.
Concedo también en que, ante esta situación, la renuncia silenciosa es cada vez más común y se normaliza que, recibiendo un ingreso “Y” el individuo sea juez y parte para decir “tanto me pagas, tanto hago” excluyendo de la ecuación una cultura de “dar el 101%” para sobresalir o aspirar a un futuro desarrollo de carrera en la empresa.
Donde difiero de las ideas es en las formas que el individuo elige ejecutar esta desvinculación. Que ya no se presente al día siguiente, que abandone el puesto de trabajo en el transcurso del horario laboral, que considere “cobrarse a lo chino” con equipo o herramientas de trabajo asignadas por criterio propio, considero que es inconveniente.
Planteaba en los comentarios del post de Jordi que hace unas décadas, cuando llegué a Tijuana a mis tiernos 23 años, contaba yo con poca experiencia laboral, ningún contacto local con quien apoyarme y como decimos en la cultura popular mexicana, iba “con una mano atrás y otra adelante”
Mi primer trabajo en la ciudad fue en Grupo Editorial Letras, un lugar que para la naciente cultura digital aún apostaba por la difusión cultural a través del medio impreso (esto es, libros, enciclopedias, etc…) y donde para el puesto que iba a desempeñar no necesitaba mucha experiencia, pero si algunas habilidades blandas (como las llaman hoy).
Ese día llegó también otro chico a solicitar el trabajo, calculo más o menos de mi rodada, quizá un año menor. Ambos hablamos con uno de los socios comerciales de la editorial, el señor Fernando Chiquete Rodríguez (a quien le estoy especialmente agradecido por su apoyo e instrucción en el tiempo que estuve trabajando con él).
Fue muy transparente con nosotros: “Este trabajo se trata de tal, tal y tal… es lo que tengo y puedo ofrecerles”. Mi necesidad de establecerme en la ciudad me hizo aceptar la propuesta que, a mis ojos, era una puerta de oro abriéndose ante mí. Los motivos del otro chico los desconozco, pero también aceptó.
La cita era al día siguiente temprano (08:00 hrs) para la clínica de ventas diaria y que nos asignaran con un vendedor veterano para estar de sombra los primeros días. Estuve en el trabajo casi seis meses, de los cuales los cuatro primeros fueron de hacer cambaceo. Y créanme, no fui el más brillante en este aspecto.
Los otros dos meses el señor Chiquete me dio oportunidad de estar en una sucursal de fijo. Y estoy 400% seguro que no fue por resultados. De hecho, me lo dijo más o menos así: “Veo que le andas batallando, te voy a cambiar a sucursal para ayudarte sólo porque no me has botado el trabajo”.
Fue para mi una tabla en medio de la tempestad. Entenderán en parte el porqué de mi agradecimiento con este hombre que, sin conocerme de nada y pese a no ver un resultado extraordinario de venta en mis primeros meses, eligió tenderme una mano y ponerme en otro sitio sólo por haber permanecido constante en la asistencia y el esfuerzo.
Seguro tendrás curiosidad querido lector del destino del otro chico. Bueno, no llegó el día y hora acordadas. Lo esperamos casi hasta las 10:00 hrs porque el vendedor que nos iba a formar era el mismo. No marcó, ni siquiera fue en días posteriores a decir “no pude”, “no quise” o “lo pensé mejor y agradezco la oferta, pero la declino”.
Lo digo “ab imo pectore”, defiendo totalmente el derecho y la libertad de cada uno de permanecer o no en un lugar. Pero debemos ser conscientes de nuestra realidad. No eran las mismas necesidades las del chico que las mías, y tampoco los mismos principios. Pero no fueron las condiciones las que hicieron la diferencia, sino lo pequeño, lo “inútil”.
Lo que aprendí de mi padre, y él de mi abuelo, y él de mi bisabuelo y así sucesivamente, fue lo que convirtió meses después esa elección de tomar el trabajo en una mejor oportunidad. No conocimientos ni formación académica (que me ayudaron sin duda en otros momentos de mi vida laboral) sino conceptos sencillos: Lealtad, Fidelidad a la confianza depositada.
Y hay otros más que muy seguramente querido lector compartes conmigo o conoces a alguien que los personifica. Por mencionar algunos:
Cosas que, como dijeron los chicos de EstoCrece.com, son sencillas, funcionan y siguen siendo divertidas (y útiles sobremanera desde mi opinión no solicitada)
Tomar lo que ha funcionado para otros y usarlo en tu favor es algo tremendamente efectivo. Es energía pura en acción.
Todo está alrededor de nosotros.
No hay que reinventar la rueda.
La rueda ya rueda.
Saludos cordiales.
=)
Hoy, en un correo que recibo habitualmente de este foro, al final del mismo tuvieron el tino (un poco en son de humor, pero con una importante reflexión) de colocar esta metáfora:
“Y recuerda que, sólo en el Kamasutra, aparecen listadas 64 posturas para hacer el amor. Algunas más exóticas. Algunas directamente acrobáticas. ¿Y por qué a la hora de la verdad el 99% tiramos del “misionero”, de “ella montada arriba”, “a cuatro” y un par más? Porque son sencillas, porque funcionan y porque siguen siendo divertidas. Así deberías planteártelo todo: sencillo, funcional y divertido”
Sencillo, funcional y divertido. Personal, fácil y memorable. Las cosas sencillas (del pasado, del presente y muy seguramente del futuro que viene) tienen un valor que muchas veces depreciamos por la novedad, porque “ya no mola”, porque “es ridículo”. Y, sin embargo, esas pequeñas cosas prevalecen.
Y, ¿Por qué? ¿A que se debe que esas cosas sencillas, sin aparente uso ni atractivo, sigan vigentes? Ese refrán que el abuelo solía decir, ese libro que nos describe la realidad de un tiempo anterior como si fuera el nuestro propio, esa intuición de madre que sabe cuando las cosas están mal, ese truco que papá nos enseñó para hacer cálculo mental.
Son tópicos atemporales que, a manera de ritual o tradición, van pasando de una generación a otra. Y que, sin embargo, pareciera que en nuestro mundo de prisas y – como nos dice Michael Ende en su libro “Momo” – en el que “el tiempo ahorrado es tiempo doblado” el mantenerlos es un desperdicio para algunas personas.
Igual que las modas tienen un ciclo de cima y valle y vuelven de vez en vez, así también conocimientos del pasado compartidos por hombres y mujeres en su tiempo han tenido trascendencia, la han perdido y han resucitado en tiempos postreros. Diría el Eclesiastés “y nada hay nuevo debajo del sol”.
No obstante, la posmodernidad en la que vivimos nos deslumbra con su enfoque en el consumo y la inmediatez, en medio de una cultura que prácticamente exige que todo lo que hagamos sea productivo y – como los hombres grises de Momo – sugiere que todo lo que no lo sea es pérdida de tiempo.
Fórmulas de éxito express, de como hacernos la vida más fácil, ganar dinero rápido, bajar de peso o ponerte en forma sin esfuerzo. Ilusiones que nos prometen un resultado idealizado con la menor entrega y trabajo posible. Una forma muy práctica de decir “quiero esto, pero no quiero pagar el costo de obtenerlo”.
Evasión de conflictos, en sintonía con el “Puer Aeternus” que Carl Gustav Jung nos estudia en su “Psicología del arquetipo del niño” e “Introducción a la esencia de la mitología” (esta última en colaboración con Karl Kerényi) y del que James Hillman nos describe como una enfermedad que se manifiesta con la inmadurez y la huida de la realidad.
El propio Hillman en su libro “La fuerza del carácter y la larga vida” nos desvela que aprovechar la experiencia de los demás en los siglos pasados, y nuestra propia experiencia en la vida que ya hemos recorrido, es un valor supremo, ético, político y terapéutico. Algo que mantiene vivas esas pequeñas cosas de las que hablamos antes.
Así, la experiencia de vida que nuestros padres, abuelos, y ancestros en general han transmitido a nuestra persona - con anécdotas, consejos, advertencias, ejemplos incluso - forman parte de nuestro contexto, y nos permiten sumar de nuestra propia experiencia de vida algo que a su vez dejaremos a nuestra descendencia (quienes decidan tenerla).
Con esta visión, llevo mis reflexiones de estos “saberes inútiles” y tradiciones al análisis de lo que leí hoy en el post de LinkedIn “In 7 minutes” de Jordi Alemany. Bajo el título “La verdad que nadie quiere reconocer sobre la actual crisis de compromiso” desarrolla puntos interesantes respecto a la percepción actual de que algunos rechazan el esfuerzo.
Coincido con él en que hay un cambio de paradigma en la cultura del trabajo entre quienes aprendimos y crecimos a finales del siglo pasado (70´s, 80´s y 90´s) y quienes pertenecen al siglo XXI. Y agrego a su análisis un poco de mi cosecha, en donde interviene todo este tema del conocimiento heredado.
Entiendo perfectamente que hoy, un individuo “X” de edad “N” pueda tener un estándar alto de sus expectativas laborales, donde deseé sentir que el esfuerzo que dedica al trabajo tenga sentido y retorno, y que ante la oferta de alternativas profesionales mejores elija irse de una empresa para mejorar sus condiciones de vida.
Coincido también en que, al desaparecer la confianza de este individuo en la empresa, los ideales o la recompensa emocional que recibe de parte de quienes la representan, decida que no es el lugar para él y prefiera cambiar a algo que quizá le represente menor remuneración, pero más auto realización y satisfacción personal.
Más aún con los procesos de reclutamiento actuales donde, en ocasiones, se presenta una oferta y condiciones “idealizadas” que después no se cumplen (o pareciera que no según la métrica del sujeto en cuestión) y merman el cumplimiento del colaborador.
Concedo también en que, ante esta situación, la renuncia silenciosa es cada vez más común y se normaliza que, recibiendo un ingreso “Y” el individuo sea juez y parte para decir “tanto me pagas, tanto hago” excluyendo de la ecuación una cultura de “dar el 101%” para sobresalir o aspirar a un futuro desarrollo de carrera en la empresa.
Donde difiero de las ideas es en las formas que el individuo elige ejecutar esta desvinculación. Que ya no se presente al día siguiente, que abandone el puesto de trabajo en el transcurso del horario laboral, que considere “cobrarse a lo chino” con equipo o herramientas de trabajo asignadas por criterio propio, considero que es inconveniente.
Planteaba en los comentarios del post de Jordi que hace unas décadas, cuando llegué a Tijuana a mis tiernos 23 años, contaba yo con poca experiencia laboral, ningún contacto local con quien apoyarme y como decimos en la cultura popular mexicana, iba “con una mano atrás y otra adelante”
Mi primer trabajo en la ciudad fue en Grupo Editorial Letras, un lugar que para la naciente cultura digital aún apostaba por la difusión cultural a través del medio impreso (esto es, libros, enciclopedias, etc…) y donde para el puesto que iba a desempeñar no necesitaba mucha experiencia, pero si algunas habilidades blandas (como las llaman hoy).
Ese día llegó también otro chico a solicitar el trabajo, calculo más o menos de mi rodada, quizá un año menor. Ambos hablamos con uno de los socios comerciales de la editorial, el señor Fernando Chiquete Rodríguez (a quien le estoy especialmente agradecido por su apoyo e instrucción en el tiempo que estuve trabajando con él).
Fue muy transparente con nosotros: “Este trabajo se trata de tal, tal y tal… es lo que tengo y puedo ofrecerles”. Mi necesidad de establecerme en la ciudad me hizo aceptar la propuesta que, a mis ojos, era una puerta de oro abriéndose ante mí. Los motivos del otro chico los desconozco, pero también aceptó.
La cita era al día siguiente temprano (08:00 hrs) para la clínica de ventas diaria y que nos asignaran con un vendedor veterano para estar de sombra los primeros días. Estuve en el trabajo casi seis meses, de los cuales los cuatro primeros fueron de hacer cambaceo. Y créanme, no fui el más brillante en este aspecto.
Los otros dos meses el señor Chiquete me dio oportunidad de estar en una sucursal de fijo. Y estoy 400% seguro que no fue por resultados. De hecho, me lo dijo más o menos así: “Veo que le andas batallando, te voy a cambiar a sucursal para ayudarte sólo porque no me has botado el trabajo”.
Fue para mi una tabla en medio de la tempestad. Entenderán en parte el porqué de mi agradecimiento con este hombre que, sin conocerme de nada y pese a no ver un resultado extraordinario de venta en mis primeros meses, eligió tenderme una mano y ponerme en otro sitio sólo por haber permanecido constante en la asistencia y el esfuerzo.
Seguro tendrás curiosidad querido lector del destino del otro chico. Bueno, no llegó el día y hora acordadas. Lo esperamos casi hasta las 10:00 hrs porque el vendedor que nos iba a formar era el mismo. No marcó, ni siquiera fue en días posteriores a decir “no pude”, “no quise” o “lo pensé mejor y agradezco la oferta, pero la declino”.
Lo digo “ab imo pectore”, defiendo totalmente el derecho y la libertad de cada uno de permanecer o no en un lugar. Pero debemos ser conscientes de nuestra realidad. No eran las mismas necesidades las del chico que las mías, y tampoco los mismos principios. Pero no fueron las condiciones las que hicieron la diferencia, sino lo pequeño, lo “inútil”.
Lo que aprendí de mi padre, y él de mi abuelo, y él de mi bisabuelo y así sucesivamente, fue lo que convirtió meses después esa elección de tomar el trabajo en una mejor oportunidad. No conocimientos ni formación académica (que me ayudaron sin duda en otros momentos de mi vida laboral) sino conceptos sencillos: Lealtad, Fidelidad a la confianza depositada.
Y hay otros más que muy seguramente querido lector compartes conmigo o conoces a alguien que los personifica. Por mencionar algunos:
Cosas que, como dijeron los chicos de EstoCrece.com, son sencillas, funcionan y siguen siendo divertidas (y útiles sobremanera desde mi opinión no solicitada)
Tomar lo que ha funcionado para otros y usarlo en tu favor es algo tremendamente efectivo. Es energía pura en acción.
Todo está alrededor de nosotros.
No hay que reinventar la rueda.
La rueda ya rueda.
Saludos cordiales.
=)