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El domingo, una vez más, la persona que más me ha hecho trabajar en la vida me ha dado una lección.
Una lección que podrías aplicar en cualquier ámbito de tu vida, si se atiende al mansaje que hay detrás.
Y es que, existe una diferencia entre prepararse para un objetivo realista y perseguir uno que queda fuera del alcance dentro de las condiciones en las que te encuentres.
Para saberla hace falta algo…
conocerse.
Déjame mostrártelo.
En el inicio de cualquier carrera se respira propósito, determinación y una energía contagiosa que sube las vibraciones.
La del domingo tuvo un significado especial.
La corrí con mi hijo.
Era su primera carrera y, sin buscarlo, me enseñó la importancia de reconocer los propios límites y actuar con conciencia.
Porque cuando el objetivo queda lejos de esas posibilidades, la frustración aparece.
Aparece el día de la carrera y también durante todo el camino previo.
Entonces el proceso pierde sentido.
Por eso, cuando el proceso se disfruta, el objetivo deja de ser una carga y se convierte en propósito con sentido.
Si eso no ocurre, conviene detenerse y revisar el planteamiento.
Ayer, en la maratón de Barcelona, empezamos a correr con esa idea.
No íbamos a terminarla.
Mi hijo lo sabía.
Se había apuntado por impulso.
Practica deporte con frecuencia, pero una maratón exige una preparación que esta vez no había existido.
Reconoció esa realidad.
Entonces tomó la decisión consciente de correr la mitad de la maratón, 21 kilómetros, y hacerlo dentro de un tiempo razonable.
Ese fue su objetivo.
Yo no estaba inscrito.
Las distancias extremas no forman parte de mis motivaciones.
Las carreras de diez kilómetros encajan mejor conmigo.
Aun así, entré con él.
Quería que sintiera compañía.
Como digo, yo no estaba inscrito, no llevaba dorsal pero mi hijo si, y en el suyo
no aparecía su nombre completo, como en la mayoría de corredores.
Solo el número 1112. El día y mes que su mejor amigo se fue de su lado...
Así que, con estrategia, propósito y ese dorsal simbólico, nos disponemos a correr.
¡Comenzamos!
Salimos en la segunda tanda de corredores avanzando con buen ritmo.
El ambiente estaba lleno de voces, aplausos, música y miradas de ánimo desde las aceras.
Alrededor del kilómetro cinco empiezo a aumentar el ritmo.
Mi hijo me pide que reduzca la velocidad.
—Cuando falten siete kilómetros para llegar al veintiuno, subimos el ritmo —me dice.
Acepto.
Es su carrera.
Durante todo el trayecto percibo su presencia firme.
Su mirada está enfocada y su actitud transmite determinación.
Avanzamos adelantando corredores.
En un momento dado empieza a acelerar y llega un punto en el que ya no puedo seguirlo.
Así que decido dejarlo avanzar.
Durante unos segundos aún lo veo entre los corredores, pero lo pierdo a los pocos minutos.
Continúo mi carrera con calma.
Disfruto el ambiente.
Las familias animan desde la acera, levantan carteles y nos apoyan.
¡Ambientazo!
No llevo reloj, tampoco veo referencias del kilómetro que me encuentro, pero disfruto y solo sigo avanzando.
Y en un momento de la carrera, sin esperarlo, aparece mi hijo a mi lado.
—Papa, llevo cinco minutos esperándote…
—¿Cinco minutos? ¿A qué ritmo has corrido?
Avanzamos un poco más.
Pero para él, la carrera ya había terminado.
Nos apartamos hacia una esquina mientras los corredores seguían pasando.
Entonces empieza a hablar.
—Papa, cuando he empezado a correr he sentido una fuerza que me acompañaba y cada kilómetro mejoraba con el anterior. El cuerpo me iba respondiendo sin cansarme, así que he seguido tirando fuerte.
Hace una pausa.
—Y sabes, en un momento he sabido de dónde venía esa fuerza.
—De Ramón.
Ramón era su amigo.
—He sentido que me empujaba hacia delante, que me ayudaba, lo he sentido dentro.
Sus ojos se humedecen…
—Cuando lo he entendido… he llorado.
Nos abrazamos.
En ese instante sentí una alegría profunda.
Una persona que crece atraviesa momentos como ese.
Se marca metas, descubre sus límites y ajusta el proceso cuando reconoce la realidad. Encuentra sentido dentro de la experiencia.
Ese proceso construye conciencia.
Cuando la conciencia se sostiene, aparecen emociones que estaban guardadas, comprensión y conexión.
Y todo nace en un ser humano imperfecto que busca respuestas y experiencias capaces de darle más sentido a sus vivencias.
Ese camino libera del peso de la culpa, de las frustraciones o de la pérdida de un ser querido.
Eso es crecimiento sano.
Esa fue, la del domingo, una gran lección de vida, de superación y de crecimiento profundo.
Una vida se sostiene mejor cuando los objetivos nacen del conocimiento de uno mismo.
Cuando el proceso se vive con presencia.
Cuando la demostración queda dirigida hacia el propio interior.
Esa es nuestra mayor meta, nuestro mayor premio de vida.
Enhorabuena si eres padre o si vas a serlo, porque vas a aprender lo que no está escrito.
Un abrazo.
Una lección que podrías aplicar en cualquier ámbito de tu vida, si se atiende al mansaje que hay detrás.
Y es que, existe una diferencia entre prepararse para un objetivo realista y perseguir uno que queda fuera del alcance dentro de las condiciones en las que te encuentres.
Para saberla hace falta algo…
conocerse.
Déjame mostrártelo.
En el inicio de cualquier carrera se respira propósito, determinación y una energía contagiosa que sube las vibraciones.
La del domingo tuvo un significado especial.
La corrí con mi hijo.
Era su primera carrera y, sin buscarlo, me enseñó la importancia de reconocer los propios límites y actuar con conciencia.
Porque cuando el objetivo queda lejos de esas posibilidades, la frustración aparece.
Aparece el día de la carrera y también durante todo el camino previo.
Entonces el proceso pierde sentido.
Por eso, cuando el proceso se disfruta, el objetivo deja de ser una carga y se convierte en propósito con sentido.
Si eso no ocurre, conviene detenerse y revisar el planteamiento.
Ayer, en la maratón de Barcelona, empezamos a correr con esa idea.
No íbamos a terminarla.
Mi hijo lo sabía.
Se había apuntado por impulso.
Practica deporte con frecuencia, pero una maratón exige una preparación que esta vez no había existido.
Reconoció esa realidad.
Entonces tomó la decisión consciente de correr la mitad de la maratón, 21 kilómetros, y hacerlo dentro de un tiempo razonable.
Ese fue su objetivo.
Yo no estaba inscrito.
Las distancias extremas no forman parte de mis motivaciones.
Las carreras de diez kilómetros encajan mejor conmigo.
Aun así, entré con él.
Quería que sintiera compañía.
Como digo, yo no estaba inscrito, no llevaba dorsal pero mi hijo si, y en el suyo
no aparecía su nombre completo, como en la mayoría de corredores.
Solo el número 1112. El día y mes que su mejor amigo se fue de su lado...
Así que, con estrategia, propósito y ese dorsal simbólico, nos disponemos a correr.
¡Comenzamos!
Salimos en la segunda tanda de corredores avanzando con buen ritmo.
El ambiente estaba lleno de voces, aplausos, música y miradas de ánimo desde las aceras.
Alrededor del kilómetro cinco empiezo a aumentar el ritmo.
Mi hijo me pide que reduzca la velocidad.
—Cuando falten siete kilómetros para llegar al veintiuno, subimos el ritmo —me dice.
Acepto.
Es su carrera.
Durante todo el trayecto percibo su presencia firme.
Su mirada está enfocada y su actitud transmite determinación.
Avanzamos adelantando corredores.
En un momento dado empieza a acelerar y llega un punto en el que ya no puedo seguirlo.
Así que decido dejarlo avanzar.
Durante unos segundos aún lo veo entre los corredores, pero lo pierdo a los pocos minutos.
Continúo mi carrera con calma.
Disfruto el ambiente.
Las familias animan desde la acera, levantan carteles y nos apoyan.
¡Ambientazo!
No llevo reloj, tampoco veo referencias del kilómetro que me encuentro, pero disfruto y solo sigo avanzando.
Y en un momento de la carrera, sin esperarlo, aparece mi hijo a mi lado.
—Papa, llevo cinco minutos esperándote…
—¿Cinco minutos? ¿A qué ritmo has corrido?
Avanzamos un poco más.
Pero para él, la carrera ya había terminado.
Nos apartamos hacia una esquina mientras los corredores seguían pasando.
Entonces empieza a hablar.
—Papa, cuando he empezado a correr he sentido una fuerza que me acompañaba y cada kilómetro mejoraba con el anterior. El cuerpo me iba respondiendo sin cansarme, así que he seguido tirando fuerte.
Hace una pausa.
—Y sabes, en un momento he sabido de dónde venía esa fuerza.
—De Ramón.
Ramón era su amigo.
—He sentido que me empujaba hacia delante, que me ayudaba, lo he sentido dentro.
Sus ojos se humedecen…
—Cuando lo he entendido… he llorado.
Nos abrazamos.
En ese instante sentí una alegría profunda.
Una persona que crece atraviesa momentos como ese.
Se marca metas, descubre sus límites y ajusta el proceso cuando reconoce la realidad. Encuentra sentido dentro de la experiencia.
Ese proceso construye conciencia.
Cuando la conciencia se sostiene, aparecen emociones que estaban guardadas, comprensión y conexión.
Y todo nace en un ser humano imperfecto que busca respuestas y experiencias capaces de darle más sentido a sus vivencias.
Ese camino libera del peso de la culpa, de las frustraciones o de la pérdida de un ser querido.
Eso es crecimiento sano.
Esa fue, la del domingo, una gran lección de vida, de superación y de crecimiento profundo.
Una vida se sostiene mejor cuando los objetivos nacen del conocimiento de uno mismo.
Cuando el proceso se vive con presencia.
Cuando la demostración queda dirigida hacia el propio interior.
Esa es nuestra mayor meta, nuestro mayor premio de vida.
Enhorabuena si eres padre o si vas a serlo, porque vas a aprender lo que no está escrito.
Un abrazo.