xavidemelo
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Una mañana, volviendo de una visita familiar
al volante de su coche, comenzó a llorar.
Eran lágrimas sin fundamento aparente,
sin motivo alguno, sin acritud,
sin esa ira contenida que a veces tenía,
sin venir a cuento y sin pedir permiso.
Sin rabia ni cólera, sin día ni noche,
sin eclipse de luna ni sol radiante,
sin ton ni son, sin invierno, sin verano,
sin frustraciones ni desengaños.
Desde entonces, una vez por semana, lloraba.
Se sentaba y esperaba el llanto.
Lloraba por la soledad y por la compañía,
por los días perdidos y las horas muertas,
por el papá viejito y la mamá hacendosa,
por los hijos lejanos,
por la factura del auto,
por el hambre en el mundo,
por el calentamiento global,
por la frialdad de la gente,
por el miedo a perder y el terror a ganar
por los amigos que marcharon,
por las relaciones que perdió,
por las veces que hizo el amor
y por las que no lo hizo,
por la guerra que viene y la paz que no llega,
por la mente sana y la mente enferma
por Dios y el diablo,
por la Virgen y todos los santos,
por su infancia difícil y su madurez repentina,
por la profundidad del espíritu,
por la superficialidad
por la vulgaridad,
por sus mitos y sus iconos,
por las fiestas de guardar que no guardó,
por los comienzos, por los finales,
por el osito que dormía con el niño que fue,
por la fotografía en blanco y negro,
por los westerns en tecnicolor,
por el pan de cada día y el sudor de su frente,
por la tierra de nadie,
por los nadies,
por la nada,
por el Todo.
Y cuando se sentía bien llorado
se levantaba y marchaba al trabajo
con la lágrima puesta y el alma calmada.
Los hombres no lloran,
se decía a sí mismo,
con un guiño de complicidad,
sabiéndose vulnerable y tocado,
transgresor, rarito,
diminuto y grande a la vez,
y esperando impaciente
la siguiente llorada.
Para Laura, con amor
al volante de su coche, comenzó a llorar.
Eran lágrimas sin fundamento aparente,
sin motivo alguno, sin acritud,
sin esa ira contenida que a veces tenía,
sin venir a cuento y sin pedir permiso.
Sin rabia ni cólera, sin día ni noche,
sin eclipse de luna ni sol radiante,
sin ton ni son, sin invierno, sin verano,
sin frustraciones ni desengaños.
Desde entonces, una vez por semana, lloraba.
Se sentaba y esperaba el llanto.
Lloraba por la soledad y por la compañía,
por los días perdidos y las horas muertas,
por el papá viejito y la mamá hacendosa,
por los hijos lejanos,
por la factura del auto,
por el hambre en el mundo,
por el calentamiento global,
por la frialdad de la gente,
por el miedo a perder y el terror a ganar
por los amigos que marcharon,
por las relaciones que perdió,
por las veces que hizo el amor
y por las que no lo hizo,
por la guerra que viene y la paz que no llega,
por la mente sana y la mente enferma
por Dios y el diablo,
por la Virgen y todos los santos,
por su infancia difícil y su madurez repentina,
por la profundidad del espíritu,
por la superficialidad
por la vulgaridad,
por sus mitos y sus iconos,
por las fiestas de guardar que no guardó,
por los comienzos, por los finales,
por el osito que dormía con el niño que fue,
por la fotografía en blanco y negro,
por los westerns en tecnicolor,
por el pan de cada día y el sudor de su frente,
por la tierra de nadie,
por los nadies,
por la nada,
por el Todo.
Y cuando se sentía bien llorado
se levantaba y marchaba al trabajo
con la lágrima puesta y el alma calmada.
Los hombres no lloran,
se decía a sí mismo,
con un guiño de complicidad,
sabiéndose vulnerable y tocado,
transgresor, rarito,
diminuto y grande a la vez,
y esperando impaciente
la siguiente llorada.
Para Laura, con amor