• ¡Hola!
    Hemos establecido un ranking en el foro para premiar a los miembros que más aportan
    Aquí puedes ver cómo funciona. Si quieres puntuar positivamente a un compañero, a partir de ahora usa el trofeo. Si simplemente es un "me gusta" sigue usando la manita.
    ¡Gracias!

Sácate el carnet de leñador. Eso puse con 9 años en una autoescuela.

jtravera

Becario
Desde
6 Ago 2025
Mensajes
13
Puntos
0
(Bar de barrio. Jueves por la noche. Tele encendida sin sonido. La cafetera grita como si le debiera dinero a alguien. Un borracho discute con una tragaperras. El camarero seca vasos como si no existiera el mañana.)

Me siento en la barra.

—¿Una cerveza?
—Sí.

Y ahí es cuando lo noto.

El tipo de al lado ya va un poco pasado de vueltas.
No borracho perdido.
Ese punto peligroso en el que alguien tiene ganas de hablar…
pero no sabe muy bien de qué.
Buena gente.
Cara roja.
Camisa abierta un botón de más.
Ese.
Me mira el vaso.
Luego me mira a mí.

—Hace calor, ¿eh?
Asiento.
Error.

—Antes no hacía este calor —sigue—. Antes hacía frío. Frío de verdad.

Vuelve a beber.
Silencio incómodo de tres segundos.
Yo miro al camarero.
Él mira la cafetera como si le hubiera arruinado la vida.

—Tú no eres de aquí —me suelta.
No es una pregunta.
Es una afirmación borracha.

—Sí, sí… soy de aquí.
Me mira con desconfianza.

—No tienes cara de… no sé…
—¿De qué?
—De estar siempre aquí.
Sonrío.
—Es que no siempre estoy aquí.
Se ríe como si hubiera dicho algo brillantísimo.
—Pues yo sí.
—Ya lo veo.

Brinda solo.
Falla un poco.
Reintenta.

—¿Y tú qué haces? —dice al fin, sin mucho interés—.
Bueno… mejor… ¿qué hacías antes?

Buena pregunta.
Muy de borracho filósofo.
Me lo pienso medio segundo.

—De pequeño vendía carnets de leñador.
Se queda quieto.
Parpadea.
—¿Cómo?

Le doy un trago a la cerveza.
—Carnets de leñador —repito—. En una autoescuela.
Silencio.
Me mira como si estuviera decidiendo si he dicho una genialidad…
o si necesito ayuda profesional.

—Explícame eso despacio —dice—. Que hoy vengo justo.
Sonrío.
—Me lo merezco.
—En el negocio de mi padre. Una autoescuela en pleno centro del pueblo.
Mi madre trabajaba allí. Y los días malos —los de lluvia, castigo o “hoy no sales”— me dejaban dentro.
Aburrido.
Hasta que descubrí el ventanal.
Y empecé a poner carteles:

“Se venden brocas.”
“Carnets de submarinista.”
“Entra si necesitas el carnet de leñador.”

La gente entraba.
Preguntaba.
Se reía.
Yo también.

Alguna vez me cayó castigo sin bici.
Pero mereció la pena.

—Pero… ¿los leñadores necesitan carnet?
—Mmmm… a ver. Era una autoescuela.
Ni leñadores.
Ni monte.
Ni hachas.

Solo un crío aburrido intentando llamar la atención.
—¿Y funcionó?
—Sí. Bueno… creo que sí.
Vendí atención.
Y eso engancha más que vender cosas.
Al menos para un niño.

Luego hice algo parecido en la tienda de pinturas de los padres de un amigo.
Pusimos un cartel enorme:
“VENDO LUZ.”

Ese martes vendieron más que otros martes normales.
Y su madre nos dijo:

—Poned lo que os dé la gana.
—Jajaja… eso igual es ilegal en algún sitio.
(Río) Puede ser.
Pero funcionó.

No todos los carteles funcionaban igual.
Pero casi todos hacían algo importante: hacían mirar.

Una vez también me regalaron un póster gigante de Goku.
Un tío tenía un estudio de fotografía.
Fui a que me hiciera una foto con él.

Dejé el póster allí.
Corrí la voz en el colegio:

“Fotos con Goku.”

Ese mes hizo su agosto.
Nada digital.
Nada caro.
Nada sofisticado.

Ni IA, ni Photoshop, ni historias.
Principios de los noventa.

Solo romper la normalidad.
Y un negocio dejando de parecer invisible.

—Vale. Tú eres de los raros.
—¡Qué va! Solo se me ocurrían cosas.

Donde de verdad le vi la punta fue un poco más mayor.
El padre de un amigo tenía un chiringuito en la playa.
—¿Te acuerdas de cuando teníamos amigos cuyos padres tenían negocios?
—Sí… ya no pasa tanto.
—Pues eso.
Le dije que en las horas muertas, en vez de camareros apoyados en la barra mirando el mar…
salieran a ofrecer chupitos de mojito en la arena.
No le gustó un pelo regalar nada.
Pero probó.
Con una botellita.
Y funcionó.
Cuando regalas algo, la gente parece que te debe una.
Y volvía a pedir más.
Funcionó tanto que ese verano
yo no pagué ni un helado ni un refresco.

(Una chica entra al bar, mira alrededor y se va.
El borracho vuelve a perder contra la tragaperras.)


—¿Y luego qué?
—Luego lo de siempre.
Estudiar.
Currar.
Casarte.
Tener hijos.
Llegar a un buen puesto.
Y olvidarte de ti.

Pero rondando los 40 —crisis mediante—
(silencio corto)
…la cosa empezó a crujir.

No solo por el curro.
También por la inercia.
El cansancio.
Abandonarte poco a poco sin darte cuenta.
El clic llegó con un vídeo.

Mi mujer grabó a las niñas jugando en la piscina de un hotel.
Plano lejano.
Gente alrededor.
En un momento pensé:
“¿Quién es ese gordo que va con esa niña?”

Era yo.
Y la niña, mi hija.

(El camarero deja dos cañas nuevas sin preguntar.)

No hubo épica.
Hubo silencio.
Y una hostia muy educada.
Empecé a moverme.
A sudar.
A volver a leer.
Luego a formarme.
Y sí, a pagar por formarme.
Y ahí volvió algo que tenía enterrado:
Escribir.

No para quedar bien.
Para tocar nervios.
He autopublicado tres novelas.
No venden.
No pasa nada.
Pero mientras escribía recordé algo importante:
esto me hace sentir vivo.

—¿Y negocios?
—Lo intenté.
Afiliados.
Webs.
Videojuegos.

(El tío ya no sabía de qué le hablaba.)
Nada funcionó.
En parte por falta de paciencia.
En parte por falta de foco.
Y porque aprendí tarde algo muy jodido:

Si nadie te conoce, da igual lo bueno que seas.
Puedes regalar Mercedes en una isla desierta.
No viene nadie.

(El borracho asiente sin saber por qué.)

—Pero ahora curras, ¿no? ¿De qué?
—Sí. Programador.
Luego analista.
Luego consultor.
Luego liderando equipo.

Y luego intentaba aplicar mis cosas a mi curro. Cada vez que podía mirar distinto… funcionaba.
Cada vez que escribía distinto… funcionaba.
Pero casi nunca me dejaban.
“Lenguaje corporativo.”
“Formal.”
“Eso aquí no toca.”

Y esa frustración es peligrosa.
No te va mal.
Pero sabes que no estás donde deberías.
No estás roto.
Estás mal colocado.

—Eso duele.
—Mucho.

Encima me dispersé más.
Consultoría a tiempo completo.
Familia.
Novelas por las noches.
Fines de semana programando espectáculos de drones.
Ayudando a comercios con newsletters y redes.
Todo a la vez.
Nada a fondo.

—¿Y por qué hacías todo eso?
Si tenías buen sueldo…
—Porque no me bastaba.Escuché una vez a Fer Miralles decir algo que me dejó tocado.
—¿El tenista?
—Ese. Dijo que muchas veces decimos
“lo hago por mi familia”,
“quiero darles una vida mejor”…
cuando en realidad es nuestro ego pidiendo sitio.
La necesidad de demostrarte que puedes hacer algo grande.
Que no eres uno más.
Que no has venido solo a cumplir horarios.
Y quizá eso no sea tan malo
si lo usas bien.

Ahí decidí parar.
Y poner foco.
—¿En qué?
—En esto: negociosfisicos.com
Acabo de empezar.
Pero esta vez me comprometo a algo distinto:
Tiempo.
Paciencia.
Constancia.
Porque esto lo haría
aunque no ganara un euro.

—¿Y de qué va?
—Ayudo a negocios físicos a dejar de vender solo tiempo.
A ver que ya tienen productos delante de sus narices.
Guías.
Audios.
Listas.
Membresías.
Experiencias.
A captar correos.
A estar presentes sin perseguir.
A hacer que miren.
A diferenciarse del de al lado con detalles pequeños.

—Entonces… tú lo que vendes es humo, ¿no?
—No.

Frunce el ceño.
Da otro trago.

—A ver… explícamelo como si tuviera ocho años.
(Se señala la cabeza)
Porque ahora mismo aquí dentro hay niebla.
—Vale. Imagina que tienes una tienda.
—Ya hemos empezado mal —dice—. No tengo tienda.
—Da igual. Imagina.

Suspira.
Asiente.
—Tú estás todo el día dentro de la tienda.
Si no estás… no pasa nada.
—Correcto.
—Pues yo te ayudo a que, aunque no estés, pasen cosas.
—Sigo sin pillarlo.
—¿Apuestas?
—No.
—¿Cripto?
(baja la voz)
Porque mi cuñado perdió un dineral…
—Tampoco.

Me mira serio.
Con respeto.
Como si estuviera decidiendo si invitarme a otra…
o llamar a alguien.

—Tío… sigo sin pillarlo.
Se queda mirando el vaso.
—¿Magia?
—No.
—¿Truco?
—Un poco.
—¿Legal?
—Sí.
—¿Y fácil?
—Más de lo que crees.

Silencio.
Le miro.
Sonrío.

—Vendo libertad.
Parpadea.
—¿Cómo?
—Vendo no ser esclavo de tu tiempo.
Vendo no tener que estar siempre en el local para que pasen cosas.
Vendo poder irte antes a casa sin sentir que se te cae el negocio.
Se queda quieto.
—Vendo poder llevar a tus hijos al cole sin mirar el reloj.
Vendo no llegar a casa tan quemado que ni escuchas a tu pareja.
Vendo no pensar cada domingo por la noche: “mañana otra vez”.
Traga saliva.
No sé si por la cerveza
o por lo otro.
—Vendo dormir tranquilo un martes cualquiera.
Vendo saber que, aunque cierres la persiana, no todo se apaga.
Silencio.

—Pero no te preocupes —añado—.
No es para todo el mundo.
—¿Por qué?
—Porque esto empieza como cuando eres niño…
y miras un sitio aburrido
y se te ocurre poner un cartel absurdo
solo para ver qué pasa.

Brindamos.

Y por un segundo,
los dos sabemos
que eso…
sí lo ha entendido.

—Otra ronda.

Y seguimos...
 
Volver
Arriba