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- 22 Feb 2026
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Probamos nuestros radios antes del despegue.
Pronto descubriríamos que sería la última vez que lograríamos comunicarnos entre nosotros.
El colombiano y yo éramos novatos. Nos conocimos apenas unos minutos antes de volar.
En Valle de Bravo existe un despegue de parapente internacionalmente conocido: El Peñón.
Salimos junto con un enjambre bastante nutrido de pilotos.
Era un gran día. Ganábamos altura con facilidad.
Sobrevolé toda mi zona habitual aprovechando las termales. Me ayudaban a subir cada vez que un aterrizaje precoz parecía inminente.
De vez en cuando reconocía el ala del colombiano aquí y allá.
Trataba de contactarlo por radio. Nada.
Nos saludábamos de lejos agitando las manos y seguíamos nuestro camino.
El día calentó más.
Subí más.
Más y más.
Pasé las nubes y de repente la vi a lo lejos.
Muy lejos.
La laguna de Valle de Bravo se veía diminuta.
Una idea saltó a mi mente.
Medí mis nervios y calculé mi altitud.
Ignoré todo lo que podría salir mal y tomé la dirección hacia donde estaba seguro que no llegaría dada mi poca experiencia.
Con la adrenalina a tope, volaba mirando al frente, pero midiendo el terreno bajo mis pies por si tocaba improvisar la bajada.
Dejé atrás mi zona de confort. Estaba solo, viviendo mi propia aventura.
De pronto noté otro parapente a mi derecha. Era el colombiano. ¡También volaba hacia la laguna!
Con un respiro de tranquilidad, lo saludé efusivamente a la distancia.
Con señas, le indiqué que lo seguiría a la laguna. De la misma manera intuí que aceptaba mi compañía.
Y ahí fuimos, punteando uno a uno nuestro avance.
Poco más de una hora después ya estábamos sobre la torre, justo arriba de la laguna.
Yo conocía la zona por un curso que tomé un año atrás.
Todavía me di el lujo de sobrevolar el pueblo un buen rato antes de darle carpetazo a la aventura aérea de mi vida.
Mi radio sí funcionaba con la gente de tierra.
Pedí ayuda al Pana, un instructor experimentado.
Aceptó, me guio en la aproximación y toqué suelo.
Minutos después aterrizó el colombiano.
Corrí hacia él y, eufórico, le agradecí por haberme guiado tan exitosamente hasta la meta.
Se me quedó viendo extrañado y soltó:
—¿Qué? ¡Yo desde el inicio te venía siguiendo a ti, ni sabía que existía un aterrizaje en esta zona!
#TuMásSalvajeAmbición
Pronto descubriríamos que sería la última vez que lograríamos comunicarnos entre nosotros.
El colombiano y yo éramos novatos. Nos conocimos apenas unos minutos antes de volar.
En Valle de Bravo existe un despegue de parapente internacionalmente conocido: El Peñón.
Salimos junto con un enjambre bastante nutrido de pilotos.
Era un gran día. Ganábamos altura con facilidad.
Sobrevolé toda mi zona habitual aprovechando las termales. Me ayudaban a subir cada vez que un aterrizaje precoz parecía inminente.
De vez en cuando reconocía el ala del colombiano aquí y allá.
Trataba de contactarlo por radio. Nada.
Nos saludábamos de lejos agitando las manos y seguíamos nuestro camino.
El día calentó más.
Subí más.
Más y más.
Pasé las nubes y de repente la vi a lo lejos.
Muy lejos.
La laguna de Valle de Bravo se veía diminuta.
Una idea saltó a mi mente.
Medí mis nervios y calculé mi altitud.
Ignoré todo lo que podría salir mal y tomé la dirección hacia donde estaba seguro que no llegaría dada mi poca experiencia.
Con la adrenalina a tope, volaba mirando al frente, pero midiendo el terreno bajo mis pies por si tocaba improvisar la bajada.
Dejé atrás mi zona de confort. Estaba solo, viviendo mi propia aventura.
De pronto noté otro parapente a mi derecha. Era el colombiano. ¡También volaba hacia la laguna!
Con un respiro de tranquilidad, lo saludé efusivamente a la distancia.
Con señas, le indiqué que lo seguiría a la laguna. De la misma manera intuí que aceptaba mi compañía.
Y ahí fuimos, punteando uno a uno nuestro avance.
Poco más de una hora después ya estábamos sobre la torre, justo arriba de la laguna.
Yo conocía la zona por un curso que tomé un año atrás.
Todavía me di el lujo de sobrevolar el pueblo un buen rato antes de darle carpetazo a la aventura aérea de mi vida.
Mi radio sí funcionaba con la gente de tierra.
Pedí ayuda al Pana, un instructor experimentado.
Aceptó, me guio en la aproximación y toqué suelo.
Minutos después aterrizó el colombiano.
Corrí hacia él y, eufórico, le agradecí por haberme guiado tan exitosamente hasta la meta.
Se me quedó viendo extrañado y soltó:
—¿Qué? ¡Yo desde el inicio te venía siguiendo a ti, ni sabía que existía un aterrizaje en esta zona!
#TuMásSalvajeAmbición