xavidemelo
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Existe un término en Japón, podríamos denominarlo un concepto, que me llama poderosamente la atención: El wabi sabi, que viene a ser sinónimo de algo así como “amor por la imperfección”. El valorar objetos a todas luces imperfectos, desiguales, incluso feos desde el punto de vista occidental, que construye monumentos desde hace mil años de forma simétrica en sus partes.
Quizá la devoción que sienten los nipones por el templo de la Sagrada Familia tenga mucho que ver con este amor por la imperfección. Es un dato que dejo caer aquí, pero que no deja de ser una suposición por mi parte.
Pero, ay… ¿Y el amor por la imperfección de las personas? ¿Y el cariño y la ternura con nuestra propia imperfección? ¿Dónde queda eso? Frecuentemente, estos sentimientos duermen escondidos bajo capas y capas de maquillaje, postureo, selfis con trucaje posterior y manifestaciones en voz alta (y a menudo gritando y pataleando) de opiniones políticamente correctas que ni nos definen, ni son las nuestras de verdad, pero que nos hacen parecer, a ojos ajenos, la perfección personificada.
Lástima que esos ojos ajenos no estén en absoluto pendientes de lo perfectos que aparentemos ser, sino que están perpetuamente preocupados por su propia apariencia de cara a la galería, galería que, repito una vez más, no está jamás por esa labor.
Y así desperdiciamos tiempo, energía y recursos varios, en mantener una impostación cansina, muy cansina, para convencernos a nosotros mismo y a los demás de que somos perfectos.
Nada más lejos de la realidad y nada más efímero en el tiempo. El desengaño siempre está a la vuelta de la esquina, incluso a menudo viene acompañado con una sensación de ridículo difícil de sostener durante mucho rato.
A mí me pasa cuando veo fotos antiguas donde salgo yo, y recuerdo diferentes máscaras que he ido adoptando a lo largo de mi vida. Y, claro está, me vienen a la memoria los esqueletos que he ido dejando en el armario gracias a esas máscaras.
Si amo lo perfecto, no aprendo, no entra el aprendizaje. Eso sí lo he aprendido, valga la redundancia. Mi aparente perfección se pone un caparazón tan denso y pesado, que no deja entrar nada que pueda resquebrajarlo.
Y si esa coraza no se resquebraja, si no se deconstruye, si no muestra su imperfección, no crece, no sana, no se humaniza, no avanza. En una palabra (o dos): No evoluciona.
Y yo no me quiero llevar a la tumba esa perfección inexistente.
Tampoco podría, aunque quisiera.
Feliz día a tod@s
Quizá la devoción que sienten los nipones por el templo de la Sagrada Familia tenga mucho que ver con este amor por la imperfección. Es un dato que dejo caer aquí, pero que no deja de ser una suposición por mi parte.
Pero, ay… ¿Y el amor por la imperfección de las personas? ¿Y el cariño y la ternura con nuestra propia imperfección? ¿Dónde queda eso? Frecuentemente, estos sentimientos duermen escondidos bajo capas y capas de maquillaje, postureo, selfis con trucaje posterior y manifestaciones en voz alta (y a menudo gritando y pataleando) de opiniones políticamente correctas que ni nos definen, ni son las nuestras de verdad, pero que nos hacen parecer, a ojos ajenos, la perfección personificada.
Lástima que esos ojos ajenos no estén en absoluto pendientes de lo perfectos que aparentemos ser, sino que están perpetuamente preocupados por su propia apariencia de cara a la galería, galería que, repito una vez más, no está jamás por esa labor.
Y así desperdiciamos tiempo, energía y recursos varios, en mantener una impostación cansina, muy cansina, para convencernos a nosotros mismo y a los demás de que somos perfectos.
Nada más lejos de la realidad y nada más efímero en el tiempo. El desengaño siempre está a la vuelta de la esquina, incluso a menudo viene acompañado con una sensación de ridículo difícil de sostener durante mucho rato.
A mí me pasa cuando veo fotos antiguas donde salgo yo, y recuerdo diferentes máscaras que he ido adoptando a lo largo de mi vida. Y, claro está, me vienen a la memoria los esqueletos que he ido dejando en el armario gracias a esas máscaras.
Si amo lo perfecto, no aprendo, no entra el aprendizaje. Eso sí lo he aprendido, valga la redundancia. Mi aparente perfección se pone un caparazón tan denso y pesado, que no deja entrar nada que pueda resquebrajarlo.
Y si esa coraza no se resquebraja, si no se deconstruye, si no muestra su imperfección, no crece, no sana, no se humaniza, no avanza. En una palabra (o dos): No evoluciona.
Y yo no me quiero llevar a la tumba esa perfección inexistente.
Tampoco podría, aunque quisiera.
Feliz día a tod@s