Belen
Currante
- Desde
- 5 Ago 2025
- Mensajes
- 30
- Trofeos
- 7
"Serás lo que quieras ser", me decían en el colegio. Y yo me preguntaba: ¿Y qué quiero ser?
Me llamo Belén y tardé 46 años en saber que tengo altas capacidades. Te lo cuento porque, si te ha pasado a ti o a alguien cercano, me entenderás. Y si no, entenderás cómo he llegado a lo que hago ahora y para quién lo hago. Por si te interesa.
Fui una niña con altas capacidades "de manual", pero en aquel entonces esa neurodiversidad no se detectaba ni se acompañaba; solo se veía al genio o al inadaptado. A los que simplemente éramos listos y distintos, nos soltaban un “eres demasiado X, Y, Z…” o “puedes hacer lo que quieras”. Y nos dejaban solos ante una sensibilidad extrema que, en muchos casos, roza el abismo.
Yo me adapté a base de hostias. Literales y emocionales.
A los nueve meses andaba, y hablaba perfectamente al año y medio. Pedí clases de guitarra a los cinco y a los seis escribí mi primer poema para lidiar con la muerte de mi abuela. ¿Qué niña normal decide escribirle a un muerto?
Fui una líder natural con una empatía agotadora y una dificultad eterna para el cálculo mental (lo llaman discalculia y es común en altas capacidades). Ese "brillante porvenir" que me prometían convivía con una sensación de inseguridad constante y una rara familiaridad con la idea de desaparecer, que solo confesaba en mis diarios.
Mi cabeza y mis emociones funcionaban a otra velocidad y la escritura era mi refugio.
El para qué de las palabras
Como me gustaba escribir y era curiosa, estudié Humanidades, Edición, Comunicación Audiovisual y Creación Literaria. Dos carreras y dos másters, cuatro idiomas, hasta que, a los 24, tocaba salir ya a un mundo laboral ante el que me sentía ignorante y perdida.
Trabajé en edición, producción audiovisual y eventos culturales. Y escribí cuatro libros por encargo. Pero me fui de todos esos trabajos y no acabé de creer en mí, a pesar de haber visto que mi escritura podía ayudar a otros.
Y aterricé en el sector de las oenegé por casualidad a los treinta, recomendada y por la necesidad de pagar facturas en un momento delicado.
La idea de captar fondos, de “pedir dinero”, me generaba rechazo. Pero fue en ese nuevo mundo donde la escritura me volvió a encontrar. Esta vez vestida con otro traje muy distinto al académico, periodístico o literario… era una escritura con otras reglas y objetivos.
Llevo casi 20 años en el Tercer Sector —así llaman a un sector también "divergente" que comercia con algo tan intangible como el amor.
Tras pasar por la Fundación Josep Carreras y ACNUR, entendí que el trabajo de un profesional de la filantropía no es pedir dinero y llegar a objetivos, sino conectar a las personas con su humanidad y su generosidad.
Desde 2023 trabajo de manera independiente, porque me duele ver cómo tantas organizaciones ponen lo más valioso que ofrecen en manos de técnicas de marketing masivas, con textos egocéntricos y de plantilla. Ponen el foco en las cifras, las técnicas, el dinero rápido y tratan al donante de forma infantil, cortoplacista.
Sin poner antes el compromiso y la empatía que piden a cambio de las cuotas.
En vez de FundRaising, yo hago LoveRaising.
Aprendí con Isra Bravo y aplico la comunicación persuasiva para humanizar esta profesión. Porque el amor y el servicio a quien decide donar para resolver problemas humanos van antes que su dinero, que es siempre la consecuencia, el medio. Y no el único.
Si conoces una buena causa con gente audaz liderándola, que quiere construir una comunidad de donantes inteligentes y libres, ¡escríbeme!
Me llamo Belén y tardé 46 años en saber que tengo altas capacidades. Te lo cuento porque, si te ha pasado a ti o a alguien cercano, me entenderás. Y si no, entenderás cómo he llegado a lo que hago ahora y para quién lo hago. Por si te interesa.
Fui una niña con altas capacidades "de manual", pero en aquel entonces esa neurodiversidad no se detectaba ni se acompañaba; solo se veía al genio o al inadaptado. A los que simplemente éramos listos y distintos, nos soltaban un “eres demasiado X, Y, Z…” o “puedes hacer lo que quieras”. Y nos dejaban solos ante una sensibilidad extrema que, en muchos casos, roza el abismo.
Yo me adapté a base de hostias. Literales y emocionales.
A los nueve meses andaba, y hablaba perfectamente al año y medio. Pedí clases de guitarra a los cinco y a los seis escribí mi primer poema para lidiar con la muerte de mi abuela. ¿Qué niña normal decide escribirle a un muerto?
Fui una líder natural con una empatía agotadora y una dificultad eterna para el cálculo mental (lo llaman discalculia y es común en altas capacidades). Ese "brillante porvenir" que me prometían convivía con una sensación de inseguridad constante y una rara familiaridad con la idea de desaparecer, que solo confesaba en mis diarios.
Mi cabeza y mis emociones funcionaban a otra velocidad y la escritura era mi refugio.
El para qué de las palabras
Como me gustaba escribir y era curiosa, estudié Humanidades, Edición, Comunicación Audiovisual y Creación Literaria. Dos carreras y dos másters, cuatro idiomas, hasta que, a los 24, tocaba salir ya a un mundo laboral ante el que me sentía ignorante y perdida.
Trabajé en edición, producción audiovisual y eventos culturales. Y escribí cuatro libros por encargo. Pero me fui de todos esos trabajos y no acabé de creer en mí, a pesar de haber visto que mi escritura podía ayudar a otros.
Y aterricé en el sector de las oenegé por casualidad a los treinta, recomendada y por la necesidad de pagar facturas en un momento delicado.
La idea de captar fondos, de “pedir dinero”, me generaba rechazo. Pero fue en ese nuevo mundo donde la escritura me volvió a encontrar. Esta vez vestida con otro traje muy distinto al académico, periodístico o literario… era una escritura con otras reglas y objetivos.
Llevo casi 20 años en el Tercer Sector —así llaman a un sector también "divergente" que comercia con algo tan intangible como el amor.
Tras pasar por la Fundación Josep Carreras y ACNUR, entendí que el trabajo de un profesional de la filantropía no es pedir dinero y llegar a objetivos, sino conectar a las personas con su humanidad y su generosidad.
Desde 2023 trabajo de manera independiente, porque me duele ver cómo tantas organizaciones ponen lo más valioso que ofrecen en manos de técnicas de marketing masivas, con textos egocéntricos y de plantilla. Ponen el foco en las cifras, las técnicas, el dinero rápido y tratan al donante de forma infantil, cortoplacista.
Sin poner antes el compromiso y la empatía que piden a cambio de las cuotas.
En vez de FundRaising, yo hago LoveRaising.
Aprendí con Isra Bravo y aplico la comunicación persuasiva para humanizar esta profesión. Porque el amor y el servicio a quien decide donar para resolver problemas humanos van antes que su dinero, que es siempre la consecuencia, el medio. Y no el único.
Si conoces una buena causa con gente audaz liderándola, que quiere construir una comunidad de donantes inteligentes y libres, ¡escríbeme!