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Comentaba la semana pasada que estoy conociendo al autor Luisgé Martín a través de su libro “Donde el silencio” y hay partes en las que sigo coincidiendo en parte en sus reflexiones y en parte contrasto porque mi experiencia de vida me lo requiere en honor a la verdad que conozco.
Hay un lugar que se menciona dentro del libro que se llama “La Casa de los Dioses” a las orillas del camino de Santiago (cerca de Astorga) en la que su dueño, David Vidal, colocó una frase de Confucio:
Es curioso porque, mientras leía este fragmento del libro, iba en el transporte público en transbordo entre estaciones y, al cambiar de unidad y ruta, había un señor de unos 48 a 50 años sentado en el piso del transporte, estorbando un demasiado el acceso y el acomodo de pasajeros en el espacio sin asientos y los pasillos centrales.
Mi primera impresión fue de desagrado, porque justo un policía había bajado recién del bus y, desde mi perspectiva, debió haber puesto orden en la situación y pedirle que se levantara para permitir el libre acceso de los demás pasajeros. Aunado a esto, el señor era claramente un indigente por su aspecto y el peculiar aroma de algunos días sin tomar un baño.
Sin embargo, he aprendido con el paso de los años que no debo meterme en lo que no me llaman, y viendo que para el resto de pasajeros la situación era indiferente, decidí dejarla pasar, tomando un espacio medianamente libre justo al lado de este hombre, que no imaginé que me sorprendería segundos más tarde.
Mientras el camión avanzaba, al llegar a la siguiente estación este caballero se levantó con dificultad del piso y preguntó (con un tono bastante educado en contraste con su apariencia desaliñada) en que estación estábamos. No recibía respuesta de nadie, y por instinto, en correspondencia a su cortesía al preguntar, le contesté.
Me preguntó el nombre de la siguiente estación, y volví a responderle. Me pidió de favor que le sujetara una escoba (sucia y maltrecha, pero aún de utilidad) mientras levantaba sus bolsas del piso, y como por su forma de hablar no podía hacerle un desaire, la sostuve el tiempo que tardó en juntar su equipaje.
Al tomarla de nuevo, volteo a verme y me dio las gracias. En automático, por la docilidad que mostraba en su comportamiento y forma de hablar, le respondí que no había por qué y le desee que tuviera una excelente tarde. Bajó en la siguiente estación, y no supe más de él al continuar el trayecto.
Pero reflexioné la experiencia vivida con este hombre con lo que está escrito en un cartel a la entrada de “La Casa de los Dioses”. Y le encontré un sentido más profundo que el que inicialmente interpreté. Si mi sospecha inicial fue que esto tenía un carácter material o terrenal, cuando en realidad podría tener un matiz más loable.
Constantemente estamos evaluando si nuestra vida es buena o mala con base en una métrica compuesta de variables como:
Lo confieso sin reparo, soy una persona que suele pre juzgar por apariencias y aunque no me predispongo, si hago bosquejos mentales de las personas que veo o conozco por primera vez desde su aspecto físico (no por lo que visten, sino por cómo se mueven) hasta lo que sale de su boca en una conversación.
Y pocas veces me equivoco, pero puedo reconocer cuando lo hago. Me pasó en agosto pasado cuando empecé un curso para certificarme en locución. Hice una evaluación rápida de mis compañeros de clase y los profesores, y es muy satisfactorio reconocer que me llevé agradables sorpresas contrarias a mis conjeturas iniciales.
Con el paso de los meses he ido confirmando de quienes tenía razón en mi prejuicio, y de quienes rompieron el estereotipo que les asigné en la primera clase. Y ahora que estamos por terminar la certificación estos últimos son más cercanos por el trato que hemos tenido en cada ejercicio en cabina, cada salida fuera, y cada lunes que nos recibimos en el aula.
También en estos meses que han pasado desde mi despido, he podido confirmar que personas de las que tenían relación conmigo en la oficina era por el mero hecho de las funciones que realizaba, y quienes, a pesar de no estar ligados por el apellido de una empresa o una relación laboral, me siguen escribiendo con cariño de vez en cuando.
Incluso gente con la que en los últimos quince años perdí contacto, de repente va apareciendo por causalidad en mi vida de nuevo por coincidir en algún lugar o evento, por la magia de las redes sociales o por simple afecto real que pese a los momentos de ausencia se ha mantenido vigente.
Es cierto que, en contraste con estas mismas fechas el año pasado, mi situación era diferente (estaba por ir de viaje a Puerto Vallarta, tenía un ingreso estable) pero vivía y percibía las cosas de una forma más ajena, más desapegada (y que quede constancia de que si algo me reclama la gente que me quiere, es mi desapego total incluso ahora).
Sin embargo, ahora percibo un poco más íntimo lo que sucede a mi alrededor. Es muy parecido a estar inmerso en un lago turbio sin poder ver que hay nadando dentro o en el fondo, y de pronto tener un visor y una lámpara que hacen que la negrura se disperse un poco y puedas nadar con una sensación mayor de confianza.
Unos párrafos más delante de “La Casa de los Dioses”, hay una referencia que me parece apropiada documentar ahora. Otro de los personajes del viaje del autor dice que:
Esta es una forma del sentir que quiero describir.
Elegir ciertos caminos, ciertas cosas para nuestro camino, en ocasiones nos pueden hacer dudar de nosotros mismos, sentir que somos extranjeros en nuestra propia tierra. Pero hay un fuego interno que nos hace arder, pero no nos consume sino por el contrario, nos da el valor para prevalecer, para cortar amarras y quemar las naves.
Dista mucho de ser la felicidad que ya he mencionado que busca Luisgé en su viaje de descubrimiento para escribir “Donde el silencio”. Pero si es muy cercano al concepto de satisfacción, de plenitud, me atrevería a decir que de gozo. Alguna vez un amigo que era guardia de seguridad me dijo “Que nada te quite el gozo de tu felicidad”.
Pese a que disfruto lo que el libro me ha desvelado hasta ahora, aún conservo mi convicción en que esta felicidad es pasajera, y como en las gráficas aburridas de las oficinas corporativas que dejé, pasa por crestas y valles que la hacen una variable poco duradera, pero presente.
Y no sólo presente, sino atractiva. Porque puede llevar a que un hombre como David Vidal dejara su vida en Barcelona harto del ritmo de vida que llevaba y los fracasos que lo arremetían, para estar en un lugar aislado de lo mundano y ser un pequeño oasis en el Camino de Santiago para los peregrinos que lo recorren.
Quizá el hombre del transporte público, con su pulcra manera de hablar y su descuidada apariencia también sintió que había algo más que lo que hacía y encontró en la indigencia algo que o lo retuvo de manera permanente, o le dio una satisfacción que no encontró en otro lugar o en otras personas.
Rememorando la escena del bus, los pocos segundos que intercambiamos una mirada en nuestro breve diálogo y pude ver su rostro, no me pareció el de aquellos que reniegan de su suerte o maldicen al cielo por su situación actual. No puedo decir que fuera un rostro de paz, pero si reflejaba serenidad, y una mirada apacible para conmigo por hablar con él.
Puede que Confucio, cuando escribió esta frase que cuelga en la puerta de “La Casa de los Dioses” no pensara en las desventuras del hombre, sino en el estado que alcanza cuando, tras una vida vivida llena de los diferentes matices que puede ofrecer, comienza el camino consciente al ocaso y deja de desear beberla de un solo trago.
Al final de este capítulo del libro, nos deja el autor la siguiente reflexión:
Es probable que por esto mismo, los bríos y el deseo de conquistar el mundo de un muchacho de 24 años recién llegado a Tijuana, no sean los mismos (o ni siquiera existan ahora como tal) en el hombre de 44 años que tras haber recorrido un largo trecho lleno de alegrías y tristezas, recuerdos y pérdidas, héroes y tumbas... ahora sólo anhela conservar su paz.
Saludos cordiales.
=)
Hay un lugar que se menciona dentro del libro que se llama “La Casa de los Dioses” a las orillas del camino de Santiago (cerca de Astorga) en la que su dueño, David Vidal, colocó una frase de Confucio:
“Nuestra vida es la obra de nuestros pensamientos”
Es curioso porque, mientras leía este fragmento del libro, iba en el transporte público en transbordo entre estaciones y, al cambiar de unidad y ruta, había un señor de unos 48 a 50 años sentado en el piso del transporte, estorbando un demasiado el acceso y el acomodo de pasajeros en el espacio sin asientos y los pasillos centrales.
Mi primera impresión fue de desagrado, porque justo un policía había bajado recién del bus y, desde mi perspectiva, debió haber puesto orden en la situación y pedirle que se levantara para permitir el libre acceso de los demás pasajeros. Aunado a esto, el señor era claramente un indigente por su aspecto y el peculiar aroma de algunos días sin tomar un baño.
Sin embargo, he aprendido con el paso de los años que no debo meterme en lo que no me llaman, y viendo que para el resto de pasajeros la situación era indiferente, decidí dejarla pasar, tomando un espacio medianamente libre justo al lado de este hombre, que no imaginé que me sorprendería segundos más tarde.
Mientras el camión avanzaba, al llegar a la siguiente estación este caballero se levantó con dificultad del piso y preguntó (con un tono bastante educado en contraste con su apariencia desaliñada) en que estación estábamos. No recibía respuesta de nadie, y por instinto, en correspondencia a su cortesía al preguntar, le contesté.
Me preguntó el nombre de la siguiente estación, y volví a responderle. Me pidió de favor que le sujetara una escoba (sucia y maltrecha, pero aún de utilidad) mientras levantaba sus bolsas del piso, y como por su forma de hablar no podía hacerle un desaire, la sostuve el tiempo que tardó en juntar su equipaje.
Al tomarla de nuevo, volteo a verme y me dio las gracias. En automático, por la docilidad que mostraba en su comportamiento y forma de hablar, le respondí que no había por qué y le desee que tuviera una excelente tarde. Bajó en la siguiente estación, y no supe más de él al continuar el trayecto.
Pero reflexioné la experiencia vivida con este hombre con lo que está escrito en un cartel a la entrada de “La Casa de los Dioses”. Y le encontré un sentido más profundo que el que inicialmente interpreté. Si mi sospecha inicial fue que esto tenía un carácter material o terrenal, cuando en realidad podría tener un matiz más loable.
Constantemente estamos evaluando si nuestra vida es buena o mala con base en una métrica compuesta de variables como:
- Las comodidades que tenemos al alcance
- Los logros materiales que conseguimos (casa, auto, reloj, móvil, ordenador)
- La calidad de personas con las que trabajamos / hacemos negocios
- El dinero que tenemos en la bolsa / cuenta
- Los lugares a los que hemos viajado
- La ropa que compramos y el lugar en donde la compramos
- Lo que mostramos (sobre todo ahora en redes sociales)
Lo confieso sin reparo, soy una persona que suele pre juzgar por apariencias y aunque no me predispongo, si hago bosquejos mentales de las personas que veo o conozco por primera vez desde su aspecto físico (no por lo que visten, sino por cómo se mueven) hasta lo que sale de su boca en una conversación.
Y pocas veces me equivoco, pero puedo reconocer cuando lo hago. Me pasó en agosto pasado cuando empecé un curso para certificarme en locución. Hice una evaluación rápida de mis compañeros de clase y los profesores, y es muy satisfactorio reconocer que me llevé agradables sorpresas contrarias a mis conjeturas iniciales.
Con el paso de los meses he ido confirmando de quienes tenía razón en mi prejuicio, y de quienes rompieron el estereotipo que les asigné en la primera clase. Y ahora que estamos por terminar la certificación estos últimos son más cercanos por el trato que hemos tenido en cada ejercicio en cabina, cada salida fuera, y cada lunes que nos recibimos en el aula.
También en estos meses que han pasado desde mi despido, he podido confirmar que personas de las que tenían relación conmigo en la oficina era por el mero hecho de las funciones que realizaba, y quienes, a pesar de no estar ligados por el apellido de una empresa o una relación laboral, me siguen escribiendo con cariño de vez en cuando.
Incluso gente con la que en los últimos quince años perdí contacto, de repente va apareciendo por causalidad en mi vida de nuevo por coincidir en algún lugar o evento, por la magia de las redes sociales o por simple afecto real que pese a los momentos de ausencia se ha mantenido vigente.
Es cierto que, en contraste con estas mismas fechas el año pasado, mi situación era diferente (estaba por ir de viaje a Puerto Vallarta, tenía un ingreso estable) pero vivía y percibía las cosas de una forma más ajena, más desapegada (y que quede constancia de que si algo me reclama la gente que me quiere, es mi desapego total incluso ahora).
Sin embargo, ahora percibo un poco más íntimo lo que sucede a mi alrededor. Es muy parecido a estar inmerso en un lago turbio sin poder ver que hay nadando dentro o en el fondo, y de pronto tener un visor y una lámpara que hacen que la negrura se disperse un poco y puedas nadar con una sensación mayor de confianza.
Unos párrafos más delante de “La Casa de los Dioses”, hay una referencia que me parece apropiada documentar ahora. Otro de los personajes del viaje del autor dice que:
“… Sea lo que sea que uno haga, tiene un cuerpo.
Sea lo que sea que uno crea, pisa sobre el suelo…”
Sea lo que sea que uno crea, pisa sobre el suelo…”
Esta es una forma del sentir que quiero describir.
Elegir ciertos caminos, ciertas cosas para nuestro camino, en ocasiones nos pueden hacer dudar de nosotros mismos, sentir que somos extranjeros en nuestra propia tierra. Pero hay un fuego interno que nos hace arder, pero no nos consume sino por el contrario, nos da el valor para prevalecer, para cortar amarras y quemar las naves.
Dista mucho de ser la felicidad que ya he mencionado que busca Luisgé en su viaje de descubrimiento para escribir “Donde el silencio”. Pero si es muy cercano al concepto de satisfacción, de plenitud, me atrevería a decir que de gozo. Alguna vez un amigo que era guardia de seguridad me dijo “Que nada te quite el gozo de tu felicidad”.
Pese a que disfruto lo que el libro me ha desvelado hasta ahora, aún conservo mi convicción en que esta felicidad es pasajera, y como en las gráficas aburridas de las oficinas corporativas que dejé, pasa por crestas y valles que la hacen una variable poco duradera, pero presente.
Y no sólo presente, sino atractiva. Porque puede llevar a que un hombre como David Vidal dejara su vida en Barcelona harto del ritmo de vida que llevaba y los fracasos que lo arremetían, para estar en un lugar aislado de lo mundano y ser un pequeño oasis en el Camino de Santiago para los peregrinos que lo recorren.
Quizá el hombre del transporte público, con su pulcra manera de hablar y su descuidada apariencia también sintió que había algo más que lo que hacía y encontró en la indigencia algo que o lo retuvo de manera permanente, o le dio una satisfacción que no encontró en otro lugar o en otras personas.
Rememorando la escena del bus, los pocos segundos que intercambiamos una mirada en nuestro breve diálogo y pude ver su rostro, no me pareció el de aquellos que reniegan de su suerte o maldicen al cielo por su situación actual. No puedo decir que fuera un rostro de paz, pero si reflejaba serenidad, y una mirada apacible para conmigo por hablar con él.
Puede que Confucio, cuando escribió esta frase que cuelga en la puerta de “La Casa de los Dioses” no pensara en las desventuras del hombre, sino en el estado que alcanza cuando, tras una vida vivida llena de los diferentes matices que puede ofrecer, comienza el camino consciente al ocaso y deja de desear beberla de un solo trago.
Al final de este capítulo del libro, nos deja el autor la siguiente reflexión:
“Todos los esfuerzos inútiles, como dijo Ortega [y Gasset], conducen a la melancolía, y la melancolía es un estado de pesadumbre. La pasión es una compostura necesaria, pero hay que saber domeñarla.”
Es probable que por esto mismo, los bríos y el deseo de conquistar el mundo de un muchacho de 24 años recién llegado a Tijuana, no sean los mismos (o ni siquiera existan ahora como tal) en el hombre de 44 años que tras haber recorrido un largo trecho lleno de alegrías y tristezas, recuerdos y pérdidas, héroes y tumbas... ahora sólo anhela conservar su paz.
Saludos cordiales.
=)