La deuda que todos pagan...

Portu

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2 Dic 2025
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Nunca la he considerado una pieza maestra, pero la saga de “National Treasure” que protagoniza Nicholas Cage como el cazador de tesoros y criptólogo Ben Gates es una historia entretenida que, entre los miles de misterios que presenta en la trama, deja también algunas lecciones por parte de sus personajes.

Uno de ellos, el ancestro de Ben llamado Thomas Gates, descifra un código a partir de una especie de adivinanza: La deuda que todos pagan

Sin saberlo, él mismo pagará esta deuda al terminar su tarea. El resto de la película tiene buenas escenas y excelentes actuaciones (Diane Kruger, John Voig, Ellen Mirren, Ed Harris, Harvey Keitel, Bruce Greenwood) pero esta primera referencia es una apertura magnífica, tanto para el filme como para nuestro tema de hoy.

Pocas veces percibimos con plena consciencia de la realidad lo que representa para el ser humano tener una existencia condenada a un final sobre el cual por lo general no puede decidir ni el cómo, ni el cuándo, ni el porqué de ella. Nada hay más volátil y menos seguro en este caminar por el mundo que el aliento de vida en nosotros.

No es una visión pesimista, sino por el contrario asertiva y verdadera. Todo tiene un principio cuando entre llanto y placenta llegamos a este mundo, y todo tiene un fin cuando partimos de él. A veces en paz, a veces en circunstancias poco favorables. A veces con la misión cumplida, y otras sin haber podido completar ni el primer nivel.

La deuda que todos pagamos. La palabra que pocos dicen con la resignación que da la edad, la enfermedad, la autoconsciencia, el pensamiento filosófico reflexivo. El momento que nuestra sociedad ambiciosa, posmoderna, y transhumanista quiere orillarnos a evitar: La Muerte.

Y, sin embargo, hay un culto a ella que también sorprende, como el tradicional festejo de día de Muertos que se lleva a cabo por ejemplo en México, Guatemala, Perú y Bolivia. O como el que José Guadalupe Posada desató al crear su “Catrina”. O como la devoción por “La Niña Blanca” proveniente de la tradición católica – indígena para sentir protección.

Empero, con el temor o con la adoración que se tenga, nunca se está preparado para lo que representa como pérdida emocional y personal la partida de una persona que es cercana a nosotros o a alguien que conocemos. La inocencia de la juventud no la reconoce del todo, y la amargura de la madurez no la acepta como algo natural.

Ninguno pensamos en morir. Incluso quienes, en un arrebato (de cobardía o valor, no se sabe a ciencia cierta) deciden convertirse en los ejecutores de su final, no piensan en morir como tal, sino en terminar la situación que están viviendo y no encuentran una mejor opción para ello.

No demerito con esto la tragedia que conlleva tomar la decisión de extinguir la propia vida, pero el suicida no actúa por amor a la muerte o por ansias de ella, sino por la desesperación de no encontrar la forma de enfrentar lo que vive en ese momento para verse un día libre de eso que lo aqueja.

Por propia mano o como consecuencia de algo (natural o no) el momento de enfrentar la realidad que representa la ausencia se vuelve un dolor permanente. No mantiene la misma intensidad, pero perdura con el paso del tiempo cuando un recuerdo, una fotografía, un olor, un sonido, nos desbocan la añoranza de la persona ausente.

Es una herida que se abre de vez en vez, como si no pudiera terminar de cicatrizar porque algo dentro de ella se mantiene clavado, injerto debajo de la piel, y se hincha y provoca escozor, y si la dejamos crecer se revienta con el mínimo contacto, y si hurgamos en ella debemos ir más profundo, y la abrimos más que antes.

No es algo que podamos extirpar. Es simplemente algo con lo que nos acostumbramos a vivir en lugar de aprender a vivir con ello. Derramamos lágrimas y recordamos a nuestros muertos, pero muchas veces no los dejamos ir. Nada en referencia paranormal, lo prometo, pero no soltamos ese recuerdo, esa nostalgia de ellos.

Pesa sobremanera, y más aún cuando llevamos la cuenta de los que llevamos cargando a lo largo de nuestra historia. Algunos de los que yo tengo en mente y corazón, por ejemplo:

Un abuelo que me consentía y exhaló cuando yo tenía un año cumplido apenas.
Un tío que sentía el ardor insoportable en los huesos que deja el mieloma.
Una tía cuyo corazón aún joven no soportó las penas de su matrimonio.
Un mozo de la escuela que se convirtió en mi amigo y murió por problemas renales.
Una prima que fue masacrada por una pareja celotípica resentida.
Una abuela que fue como una segunda madre, y que no se pudo recuperar de su mal.
Un abuelo que en la placidez del descanso nocturno se fue a conocer al Creador.
Una abuela que vencida por el tiempo en el cuerpo se apagó como vela consumida.
Un hombre que por el vicio se fue entre estertores tomando mi mano en su último aliento.
Un colega que no pudo resistir los estragos del VIH en su cuerpo.
Un compañero de trabajo que no pudo sobrevivir a la pandemia del 2019.
Una compañera de trabajo que no quiso continuar por la depresión que no vimos.
Un par de hermanos que no pudieron nacer y crecer con mi mejor amigo.
Un maestro que era el modelo de hombre y líder que anhelaba ser algún día.
Un primo 8 años menor que lejos de casa no recibió ayuda de nadie al morir en plena calle.
Un indigente que vivía en mi calle, al que lleve a un hospital dos días antes de morir.
Un joven hijo de un hombre que admiro, que no regresó de un paseo con sus amigos.


Sin duda, estaré dejando de manera involuntaria a algunos fuera de esta lista, quizá porque cuando partieron mi edad era muy corta y no los tengo fehacientes en el pensamiento. Pero que por la cercanía o por el parentesco, de boca de otros he podido conocer un poco y si bien no he llegado a sentir su dolor, si he podido lamentar su pena.

Conforme pasan los años, la aceptación de la muerte se empieza a complicar porque nos han enseñado a temerle, a verla como la mala, la que causa pena, la que sin preguntar ni respetar edad o posición elige que hilo cortar y bajo que circunstancias vendrá por nosotros.

No puedo evitar recordar al célebre Macario interpretado por Ignacio López Tarso, que creyendo inocentemente que compartir su guajolote entero le daría el favor de la muerte, vivió un sueño sin saber que su cuerpo frío e inerte estaba tendido en el campo donde se fue a disfrutar su anhelado manjar.

También al aguerrido Antonius Block, interpretado por Max Von Sydow en la inmortal película de Ingmar Bergman “El séptimo sello”, que pretende entretener a la muerte con un juego de ajedrez y que, sin embargo, termina danzando con ella y otros desafortunados la última pieza.

Al grupo de aristócratas que Luis Buñuel retrata en “El Ángel Exterminador” que sin tener ninguna limitación física o tangible quedan atrapados después de la cena sin poder escapar de un encierro incomprensible para muchos por la “facilidad” que representaría traspasar el umbral.

Incluso a la referencia de J.K. Rowling del relato de los tres hermanos magos en el libro de “Los cuentos de Beedle el Bardo”, en el que aún con la presunta astucia que quieren demostrar ante la muerte, los tres terminan sucumbiendo a ella de diferentes maneras, y sólo uno la recibió “como a una vieja amiga”.

Dediqué estas palabras hace poco, como parte de una carta más extensa. Creo conveniente replicarlas aquí en esta ocasión:

“…Pero puedo hablarle como hombre, como amigo y como persona que lo admira y respeta personal y profesionalmente.

Sea fuerte, siga adelante. Son palabras que suenan fáciles, quizá vacías, pero que son la realidad a la que nos enfrentamos, a nuestra edad y en nuestra condición.

El luto nunca pasa, pero aprendemos a vivir con él y seguir.
No dejamos de ser padres, aunque no tengamos a nuestros hijos al lado cada día para abrazarlos

Sufra, llore, sienta este dolor porque es necesario hacerlo. Y con este sentimiento, con este duelo permanente que cargará en adelante, construya y haga lo necesario para que la vida con su familia siga, conscientes de la ausencia que queda, recordando siempre a este hijo que partió, y amándolo con el corazón, aunque esté resquebrajado...”


Citando al admirado José Saramago en su obra “El Evangelio según Jesucristo”:

“…lloran las viudas y los huérfanos, es una antigua costumbre suya, para eso son viudas y huérfanos, para llorar, después todo se reduce a esperar el tiempo de que los niños crezcan y vayan a una guerra nueva, otras viudas y otros huérfanos vendrán a relevarlos, y si mientras tanto han cambiado las modas, si el luto, de blanco, pasó a ser negro, o viceversa, si sobre el pelo, que se arrancaba a manojos, se pone ahora una mantilla bordada, las lágrimas son las mismas, cuando se sienten…”

Y también Eclesiastés 2:16 nos dice:

“…Porque ni del sabio ni del necio habrá memoria para siempre; pues en los días venideros ya todo será olvidado, y también morirá el sabio como el necio…”

El viejo poema árabe (Mu´allaqa) de Tarafa ibn al-´Abd reza:

“… y tú, que censuras que asista a la guerra y a los placeres me entregue ¿Puedes tu hacerme inmortal?
Si no puedes evitar mi muerte, déjame abordarla con lo que poseo.
Si el hombre lograra algún día burlar la muerte, por vida tuya que eso sería como soltar una amarra asida por ambos cabos…”

Y Marco Aurelio en sus “Meditaciones” también nos dice:

“… Todo lo que veis pronto habrá desaparecido, y quienes lo vean desaparecer desaparecerán también, y los que alcancen la vejez no tendrán ventaja alguna sobre los muertos prematuramente…”

La muerte es, al fin, un elemento más de la existencia humana con la que, al igual que con la enfermedad, el desamor, la envidia, la vergüenza, el odio, la ansiedad, el hambre y los impuestos; debemos aprender a convivir.

Porque en algún lugar del universo está escrito que moriremos, pero el día y la hora no la sabemos. El Memento Vivere, Memento Mori de los antiguos romanos se mantiene latente y vigente hasta nuestros días.

Saludos cordiales.

=)
 
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