La letra con sangre entra

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22 Feb 2026
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El Salvador presume su CECOT.
Estados Unidos tuvo su Alcatraz.
México tiene su Almoloya.

Yo, mi primaria.

Mi colegio fue una institución varonil cuyos rituales hoy serían nota roja.
La norma era el castigo físico.

Los compañeros nos castigábamos por existir.
Los maestros, por juzgar que nuestra existencia rompía algo.

A todos nos tocó algún ritual de purificación:

La pamba. Decenas de manos golpeando tu cabeza hasta que el agotamiento o la autoridad decidían que ya era suficiente.

Fila india. Un pasillo humano de al menos diez personas. El reto era cruzar mientras recibías un festín de chingadazos. El profesor de deportes solía organizar el evento.

Cogi-Cogi. Treinta individuos te prensaban contra una reja con estocadas rítmicas. Un homo-ataque en turba.

Balonazo al azar. Al sonar la campana, la regla era patear balones de basquetbol al aire. El azar como verdugo: tarde o temprano recibías uno en la nuca.

Culebrita. Una cadena humana donde el último sentía la fuerza de un látigo hasta impactar contra la pared u otra persona.

Tachuelas, sacacaca y bolitas completaban el arsenal. Las carcajadas eran la gasolina de la tradición.

La autoridad no se quedaba atrás: libros sobre brazos extendidos bajo el sol, gis volador o coscorrones con el borrador de madera.

Aprendimos que para avanzar hay que cubrirse la nuca y que el entorno es, por definición, hostil. Un maestro decía: la letra con sangre entra.

Hoy veo empresas que operan bajo esa misma lógica de patio de recreo: si el cliente o colaborador aguanta, es porque le interesa.

Me pregunto si los líderes del futuro, educados hoy en la tolerancia llamada "de cristal", entenderán que la fricción no es disciplina, sino falta de diseño.

#TuMásSalvajeAmbición

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