Llegué a Fuenterromero un martes sin avisar

Auyere

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Y desde entonces el tiempo funciona de otra manera.





No es fácil explicar cómo se llega a un sitio así. No estoy hablando de las carreteras, que también son complicadas y ese último tramo que no está en ningún navegador. Me refiero a lo otro.

A cómo uno llega a necesitar un lugar donde el tiempo va despacio y eso no lo ves como una pérdida sino como recuperación.

Llegué un martes. O un miércoles. El caso es que cuando quise darme cuenta llevaba tres días sin saber qué día era, y eso me pareció, por primera vez en muchos años, una buena noticia.

La masía tiene paredes de piedra de medio metro de grosor. En verano hace fresco sin aire acondicionado. En invierno hace frío de cojones. Los anteriores dueños vivieron aquí cuatro generaciones, lo cual significa que las paredes han absorbido suficiente historia como para tener criterio propio. A veces creo que la casa opina. No siempre le llevo la contraria.


Las tierras vienen con olivos y almendros. Algunos tienen más años que el ayuntamiento del pueblo. Cuando llegué vi que necesitaban una poda de rejuvenecimiento, que es la operación por la que cortas ramas gruesas y sanas para que el árbol, en los años siguientes, recupere fuerza y produzca mejor.

Le pregunté al encargado si no era una lástima cortar ramas tan gruesas, y a ojos de un neófito, buenas.

Me miró un momento.

Es que usted está pensando en este año —dijo.

Y siguió podando.



Hay una forma de pensar que viene con el campo y no se aprende en ningún otro sitio. Es la comprensión física, corporal, de que ciertas cosas tienen su tiempo y ese tiempo no se puede negociar.

Un almendro tarda entre tres y cinco años en producir desde que lo plantas. No tres años si te esfuerzas más. No dos si usas el abono correcto.

Tres.

Mínimo.

Tres años, o cuatro, o cinco, porque así está hecho y la naturaleza no atiende a la urgencia de nadie.

Cuando plantas un almendro, estás tomando una decisión cuyos frutos no verás en mucho tiempo. Estás haciendo una apuesta por un futuro que todavía no existe. Estás confiando en un proceso que no controlas del todo: la lluvia, el suelo, el frío del invierno que necesitan para florecer bien en primavera, las plagas que pueden venir o no venir.

Y sin embargo, se planta. Porque no plantar, por no saber cómo va a salir, sería una forma de cobardía que la tierra no perdona.



El pueblo se llama como se llama, que no es Fuenterromero, pero Fuenterromero es como lo llamo yo desde el principio y ya no sé cambiarlo. Los pueblos tienen nombres oficiales y nombres verdaderos, y no siempre coinciden.

Anselmo, que lleva el bar antes de yo llegará y seguirá llevándolo cuando me vaya, dice que el campo te enseña tres cosas y que con esas tres cosas es suficiente para vivir bien. No me ha dicho cuáles son las tres cosas. Llevo un tiempo esperando que me lo cuente. He aprendido que hay preguntas que no se hacen.



Lo que más me ha costado entender del campo aparte del técnico que sigo sin dominar (poda, ciclos …), es la relación con el resultado.

En la ciudad, el resultado es inmediato o está mal. Las cosas funcionan o no funcionan, y si no funcionan hay que arreglarlas ahora. El tiempo de espera es un problema, una ineficiencia, algo a reducir. La paciencia es una virtud que se menciona mucho y se practica poco porque el sistema no la recompensa.

Aquí, el resultado es lo que hay al final de un proceso que tiene su duración propia. No puedes acelerar la maduración de una aceituna o convencer a un almendro de que florezca antes. Puedes hacer bien tu parte: preparar el suelo, podar en el momento correcto, proteger de las heladas tardías. Y luego esperar como parte del trabajo.

Esa espera activa, atenta y sin ansiedad, es la cosa más difícil que he intentado aprender en los últimos años. Todavía estoy en ello.



Hay una higuera en la esquina de la masía que no planté yo. La plantó alguien que no sabía que yo llegaría, para que yo pudiera sentarme debajo en agosto. Eso me parece uno de los gestos más generosos que conozco: plantar algo para alguien a quien no conoces, en un tiempo que no verás.

Esta newsletter nació aquí, aunque no lo parezca. Nació de sentarse debajo de esa higuera y pensar despacio. De entender que hay una forma de mirar las cosas que solo se aprende cuando el tiempo deja de ser el enemigo.

No sé exactamente adónde va esto. Sé de dónde viene.

De un martes, o un miércoles, en que llegué a Fuenterromero y el tiempo empezó a funcionar de otra manera.

Bienvenido al pueblo.
 
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