Miguel Ruiz
Funcionario
- Desde
- 26 Feb 2026
- Mensajes
- 14
- Trofeos
- 0
Las últimas borrascas me hicieron retroceder en el tiempo. Y no es metáfora barata:
Durante esos días de lluvia y viento me vi a mí mismo con 9 años, corriendo por los portones del barrio.
Recuerdo balonazos por todos lados, niñas protestando mientras jugaban a los cromos por algún golpe accidental, niños peleándose por los tazos. Caos puro.
Risas.
Frustración.
Aprendizaje.
Sin darnos cuenta, allí, en ese desorden, estábamos aprendiendo a hablar, a mirarnos a los ojos, a negociar, a empatizar, a caernos y levantarnos.
Estábamos construyendo autoestima sin que nadie nos dijera “así se hace”.
Hoy los niños no juegan así.
Hoy los metemos en casa, pegados a un móvil o una tablet, “a salvo”, protegidos. O eso queremos creer…
Pero lo que ganamos es mentira: ganamos niños que no saben enfrentarse a nada, que no saben qué hacer cuando el mundo real les lanza un balonazo sin avisar.
La tormenta amainó, pero la deriva sigue. Mientras, seguimos convencidos de que protegerlos los hace fuertes. Y ellos, sin haber probado la vida de verdad, crecen inseguros.
Si quieres que un niño sea fuerte, no le des solo sobreprotección. Dale experiencias.
Déjalo mancharse, caerse, discutir, equivocarse y levantarse.
Eso es lo que hace que la autoestima no sea una palabra bonita, sino un escudo real.
Durante esos días de lluvia y viento me vi a mí mismo con 9 años, corriendo por los portones del barrio.
Recuerdo balonazos por todos lados, niñas protestando mientras jugaban a los cromos por algún golpe accidental, niños peleándose por los tazos. Caos puro.
Risas.
Frustración.
Aprendizaje.
Sin darnos cuenta, allí, en ese desorden, estábamos aprendiendo a hablar, a mirarnos a los ojos, a negociar, a empatizar, a caernos y levantarnos.
Estábamos construyendo autoestima sin que nadie nos dijera “así se hace”.
Hoy los niños no juegan así.
Hoy los metemos en casa, pegados a un móvil o una tablet, “a salvo”, protegidos. O eso queremos creer…
Pero lo que ganamos es mentira: ganamos niños que no saben enfrentarse a nada, que no saben qué hacer cuando el mundo real les lanza un balonazo sin avisar.
La tormenta amainó, pero la deriva sigue. Mientras, seguimos convencidos de que protegerlos los hace fuertes. Y ellos, sin haber probado la vida de verdad, crecen inseguros.
Si quieres que un niño sea fuerte, no le des solo sobreprotección. Dale experiencias.
Déjalo mancharse, caerse, discutir, equivocarse y levantarse.
Eso es lo que hace que la autoestima no sea una palabra bonita, sino un escudo real.