Un calamar, nueve autores y una IA

JavierFF

Currante
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24 Feb 2026
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A la hora de escribir, me encanta probar a hacerlo con distintos estilos.
Tengo a una enorme cantidad de autores "Clonados" unos con más precisión que otros.
Aquí va un ejemplo de como un tema cualquiera es tratado de manera completamente distinta por la misma IA en función de las instrucciones del prompt.
Tema, algo completamente chorras: La cría del calamar común XD. 100 palabras.

Stephen King.
A las seis de la mañana el puerto huele a gasoil y a café recalentado. Mateo baja al muelle con el cubo azul donde guarda las huevas de calamar común. Dice que criarlos es fácil; mentir se le da mejor. Las bolitas transparentes cuelgan como uvas tristes. Hay que mover el agua, vigilar la luz, esperar. Mientras tanto piensa en su hijo, que tampoco llama. Los primeros calamarcitos nacen diminutos, nerviosos, como comas vivas. Mateo los mira y se ríe solo. Criar algo frágil obliga a paciencia. Ojalá los hijos vinieran también con instrucciones pegadas al cubo de plástico viejo.
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Jordan Peterson.
¿Qué significa, realmente, criar al humilde calamar común? Puede parecer una cuestión biológica menor, pero no lo es, porque toda forma de crianza es una confrontación directa con el caos primordial. Lo he visto incluso en laboratorios: esas masas gelatinosas flotando como pequeñas constelaciones vulnerables. Jung diría que allí emerge un arquetipo del Logos intentando organizar la materia informe. En el Génesis se separan las aguas del caos; aquí, algo similar ocurre a escala diminuta. ¿Y qué exige eso de nosotros? Atención, disciplina, responsabilidad. Porque si no puedes cuidar una criatura frágil en un tanque oscuro, ¿cómo pretendes ordenar tu propia psique? Empieza ahí. Y observa.
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Tolkien.
Bajo la superficie oscura del mar, donde la luz se disuelve como un juramento olvidado, acontece una gesta diminuta y, sin embargo, solemne: la cría del calamar común. En silenciosas cápsulas traslúcidas, suspendidas como lámparas del destino, germina la vida que desafía al abismo. Cada criatura, aún informe, palpita entre la promesa y la pérdida, pues el océano, viejo juez, concede nacimiento con una mano y reclama tributo con la otra. Así avanza la especie: frágil, obstinada, innumerable. Y en ese combate mudo —entre sombra y fulgor, entre azar y voluntad— se repite, una vez más, la antigua liturgia del renacer.
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Terry Prattchet
En un tanque gris, con aireador ruidoso y una bombilla cansada, alguien intenta criar calamares comunes. La escena tiene algo de heroísmo doméstico. Las cápsulas gelatinosas cuelgan como racimos torpes, balanceándose con dignidad dudosa. Los técnicos anotan datos, cambian agua, discuten si la temperatura subió medio grado. Mientras tanto, los diminutos calamares nacen y salen disparados como signos de puntuación nerviosos. Algunos sobreviven, otros no; el océano ya hacía eso antes, solo que con más estilo. El experimento continúa. Hay café frío, cuadernos húmedos y un optimismo prudente, casi cómico, frente a criaturas que parecen diseñadas por un humorista marino. Y siguen naciendo.
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Kafka.
El encargado del módulo costero recibió, mediante oficio numerado y debidamente sellado, la instrucción de continuar el programa experimental de cría del calamar común, actividad que, según el anexo técnico, debía desarrollarse con absoluta normalidad administrativa pese a que nadie en la oficina parecía comprender del todo qué función exacta cumplía el procedimiento. Cada mañana verificaba tanques, registros y temperaturas, mientras un auxiliar preguntaba si existía autorización expresa para alimentar a las crías. La respuesta nunca era concluyente. En las carpetas constaban firmas, sellos y observaciones contradictorias. Entretanto, los pequeños calamares nacían, nadaban brevemente y desaparecían sin que el protocolo contemplara explicación alguna oficial.
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Robert E Howard
He pasado demasiadas horas inclinado sobre los tanques, observando la cría del calamar común como quien vigila un fenómeno primitivo que aún no decide si pertenece al mundo de la ciencia o al de los presagios, porque esas cápsulas translúcidas, temblando bajo la luz fría del laboratorio costero, laten con una obstinación orgánica que recuerda a un corazón expuesto. Dentro, las criaturas se forman lentamente, plegando tentáculos diminutos contra la membrana. El agua huele a sal, a proteína, a vida densa. A veces alguno nace y dispara su cuerpo blando hacia la oscuridad. Entonces comprendo algo inquietante: sobrevivir aquí exige moverse primero, pensar después.
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U K Le Guin
En la penumbra serena del agua costera, donde la luz desciende con paciencia antigua y el rumor del mar apenas altera su quietud, se cumple cada estación el discreto oficio de la cría del calamar común. Nadie lo celebra ni lo observa con detenimiento, y sin embargo allí, entre hebras translúcidas que cuelgan como racimos frágiles, la vida toma forma con silenciosa constancia. Los pequeños cuerpos, aún indecisos, palpitan dentro de su leve prisión acuosa. El mar guarda ese secreto con la misma indiferencia con que guarda tormentas y naufragios. Y así, sin alarde ni memoria, el mundo vuelve a empezar una vez más.
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Soto Ivars
La cría del calamar común, presentada en informes técnicos como un triunfo de la biología aplicada, es en realidad un pequeño teatro de ilusiones donde científicos exhaustos, financiadores optimistas y criaturas condenadas representan la vieja comedia humana de dominar la naturaleza sin comprenderla del todo. ¿De verdad creemos que unos tanques, unas bombas de oxígeno y varias hojas de Excel bastan para domesticar al mar? Admirable ingenuidad. Allí nacen calamares diminutos, translúcidos, nerviosos; sobreviven unos pocos, los suficientes para justificar presupuestos y congresos. El resto muere en silencio. Así funciona el progreso moderno: elegante en los informes, mediocre en la práctica, y convenientemente optimista para quien paga.
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Bucowsky.
Trabajo en un criadero de calamar común. Suena raro, ya lo sé. Pero paga el alquiler. Más o menos.

—¿Han nacido? —pregunta Paco.
—Algunos —le digo.

Las huevas cuelgan en racimos blandos. Parecen mocos caros. Los calamares salen diminutos, nerviosos, como si ya supieran que el mundo es una trampa.

Cambio el agua. Apunto números. Bebo café malo.

Antes escribía cuentos. Luego vino todo lo demás.

—Se mueren rápido —dice Paco.

Asiento. No hace falta discutirlo.

Miro a los pequeños nadar como locos. Peleando por nada. Como nosotros.

Al final casi todos acaban igual: flotando despacio, con los tentáculos abiertos. Y nadie hace preguntas. Nunca.
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En distintos proyectos mezclo mi propio estilo con lo mejor y más interesante de muchos otros para desarrollar estilos que antes no existían, con resultados realmente interesantes en ocasiones.
Y luego reescribo para humanizarlo dejando solamente lo que me interesa.
¿Cuál es vuestro favorito?
 
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