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Hace un par de semanas me uní a la comunidad de Substack, y encontré varios posts de interés. He recibido de manera periódica algunos newsletter que han sido un agradable sabor de boca. Lo comento y comparto porque, en nuestro tiempo de velocidad y prisa para todo, hay ciertos remansos que uno encuentra y le ponen de buen humor.
Uno de ellos lleva por nombre “Notas de libros y cafés” donde el autor tiene a bien recomendarnos una lectura acompañada de una buena mezcla de café y música. Y en su última entrega abordó una de las obras más icónicas del escritor estadounidense Ernest Hemingway.
Nacido en julio de 1899 en Oak Park, Illinois, Hemingway es uno de mis escritores admirados desde la juventud. En mi biblioteca personal tengo los títulos que más atesoro de él: Por quien doblan las campanas, Ahora también brilla el sol, y desde luego El viejo y el mar.
Justo sobre este último que menciono iremos en el viaje de hoy. La historia nos habla de Santiago, viejo pescador de La Isla que en honor a su oficio sale a una aventura del día a día para lograr la pesca. Entre algunos desvaríos, soliloquios y meditaciones propios de la edad y la soledad en altamar, los eventos nos van atrapando de forma muy sutil.
En un punto de clímax de conflicto, la batalla ha tenido sus daños colaterales dejando mutilada la presa que obtuvo con no pocas peripecias, y por añadidura el protagonista queda desarmado tras defender el botín de un tiburón y con un rastro de sangre sobre el agua mientras navega a tierra que atraerá a más “dentusos”.
Mal panorama sin duda, entendiendo por la experiencia de marino que probablemente no será fácil conservar mucho de ese trofeo antes de atracar nuevamente. Es ahí cuando, deseando que todo hubiese sido un sueño y que más valía no haber tenido éxito en pescar, dice en sus reflexiones en voz alta:
Santiago en esta historia me remonta un poco al Atticus Finch de Harper Lee (al que ya he citado el mes pasado) cuando después del juicio para defender a Tom Robinson, hace una reflexión con su hijo respecto del veredicto del jurado con estas palabras:
Con la mención de estos dos diálogos heroicos, veo aquí en mis cavilaciones dos realidades que se conjuntan en un mismo cauce:
• Al parecer somos la única especie sobre la faz de la tierra que se aferra a la ilusión de controlar el presente y el futuro de su existencia.
• Al parecer somos la única especie sobre la faz de la tierra que, aunque tengamos las probabilidades en contra, lo intentamos por elección y no por instinto.
Para ahondar en el primer inciso, cito aquí otro de los substack que me ha dado grata sorpresa. “Philosopheasy”. En uno de sus newsletter de la semana pasada titulado “La sabiduría de la inseguridad” abordaba como el perseguir la certeza (control) en ocasiones es origen de nuestra ansiedad, mentando al filósofo Alan Watts como referente.
Tomando algunas palabras de Watts que aparecen en la publicación:
Y esto lo hemos escuchado en boca de diferentes fuentes. Ekhart Tolle lo menciona en su libro “El poder del ahora”. Marco Aurelio lo aborda también en sus “Meditaciones”. Incluso en películas animadas, como en Kung Fu Panda, el maestro Oogway lo explica con un sencillo dicho para hacerle entender a Po lo que es importante de verdad.
Vivimos en un trajín diario que nos lleva a caer continuamente en la añoranza del pasado y la angustia por el futuro, perdiendo de vista el tiempo presente que vivimos. Queremos que exista la certeza absoluta de las cosas que nos ocurrirán en el trabajo, en la escuela, con la pareja, con el nuevo negocio… y todo hágase conforme a nuestra voluntad.
Más de uno quisiéramos tener el “Ojo de Agamotto” con el que el Dr. Strange manipula el espacio – tiempo para poder asomarnos a todos los futuros posibles y saber cuál de ellos es el que llenará mayormente nuestras expectativas. Empero, como hemos dicho, este deseo de control no es más que una ilusión.
Hay hechos que no podemos controlar, y que por mucho que nos mentalicemos y lo declaremos al universo, sucederán con o sin nuestro consentimiento, con o sin nuestra aprobación. El ciclo de vida de los seres vivos es un ejemplo. Y podemos expresarlo más o menos así: Nacer – angustiarse – crecer – angustiarse – reproducirse – angustiarse – morir.
Y aunque aplicar “Hakuna Matata” puede ser lo más deseable para no darle importancia, nuestra tendencia a rumiar y rumiar en el pensamiento las cosas que no son, sobre escenarios que no han sucedido, con la interpretación que ni los conspiranoicos de la era moderna han aplicado en temas más casuales.
Ligado a este pensamiento, me viene al recuerdo que el mes pasado, Isra Bravo en su directo de “Me la saco” nos contaba que hay mucho ruido alrededor de nosotros, y que lo más inteligente que podemos hacer es ver las cosas a largo plazo. Sólo verlas, no estar en constante insistencia de tener control de ellas, por ejemplo, en un mundo apocalíptico.
Si el mundo se degrada de tal manera en que todo es destruido, ¿Valdría la pena acumular oro, bitcoins o cualquier otro pasivo? ¿En verdad poner el foco en cosas así por el miedo al futuro, nos garantiza que nos salvaremos en el fin del mundo? La lógica de la supervivencia es que no, pero la idea de control nos dice otra cosa al oído.
Susurra y susurra “esto lo puedes hacer así, entonces esto va a pasar y esto otro lo vas a evitar”. Y cuando no suceden las cosas como nuestra mente maquiavélica planea o visualiza, empezamos con el estrés, el miedo, la ansiedad, la inestabilidad, el sentimiento de que no avanzamos y estamos estancados a los 20, 30, 40 o más años.
La visión en el largo plazo es necesaria para definir en donde estamos y a dónde queremos llegar. Es una aspiración que nos ponemos como meta. Y la acumulación de cosas o energías en cosas que creemos que nos van a hacer sobresalir (o sobrevivir) sólo demuestra la costumbre que tenemos a vivir con miedo de lo que aún no pasa.
Isra lo puso en palabras sencillas:
No niego que hay una soberbia satisfacción personal cuando, entre ese cúmulo de predicciones y pronósticos, llegamos a acertar en lo que sucederá. Satisfacción por el ego de decir “lo sabía” pero en ningún momento da paz, felicidad o gozo. Al contrario, sólo refuerza el contexto negativo de lo que nuestro pensamiento construye con base en nada.
Ahora bien, conscientes de que las cosas están fuera de nuestro control en la mayoría de los escenarios, y liberados del temor de lo que podría ser el día de mañana, podemos tomar dos posturas al respecto: resignarnos a que llegue el momento del fin, o hacer cosas que nos den plenitud y un presente mucho mejor.
En el segundo inciso que establecí anteriormente, marco una acción concreta que resume perfectamente la idea: elegir. Podemos tomar la elección de enfrentar este día con lo que tenemos y hasta donde nos den las fuerzas no por en esfuerzo carente de sentido, sino porque es parte de eso que queremos intentar para mejorarnos, aunque tengamos todo en contra.
Recordarán la escena de “Matrix Revoluciones” en la que el agente Smith le pregunta a Neo:
Y la respuesta de Neo, por patético y risorio que nos parezca el personaje en la situación en la que se encuentra, le responde:
Y solo eso hace la diferencia. Elegir. Por encima de las posibilidades a favor o en contra, con las fuerzas al límite, con la mente llena de sobre pensamientos e incluso con nadie que nos de su respaldo para continuar, tener la convicción y voluntad de permanecer en pie porque es lo que elegimos hacer.
En “Hombres de Honor”, Carl Brashear (interpretado por Cuba Gooding Jr.) tiene un momento así cuando, queriendo regresar al servicio activo, su esposa lo pone en la disyuntiva de hacer lo que quiere, o conservar a su familia. El sentimiento es profundo y doloroso cuando toma la decisión.
Con las probabilidades en contra, con la ayuda de un mentor que en su momento hizo todo lo posible por no verlo crecer, contra todo un sistema que sin precedentes para apoyar su solicitud le daba la espalda para lograr su cometido, Carl Brashear se reincorporó a servicio activo y duró nueve años más.
Pueden arrebatarnos todo. Pero no la voluntad. Y mientras la voluntad permanezca ardiente en nuestro pecho amalgamada con el deseo, las posibilidades son infinitas aunque las expectativas estén en contra. No es ir contra las reglas, sino conocerlas lo suficiente para estirarlas o romperlas a nuestro favor.
En palabras de Alan Watts:
Y cierro con esta frase del personaje Antonio Próximo cuando, en el momento previo a salir al combate, sus gladiadores novatos están bajo la arena del improvisado coliseo y los hace conscientes de lo que está por venir:
No dejemos que el ruido alrededor nos abrume. Dejemos de preferir la ilusión de control que nos han acostumbrado a sentir, y hagamos lo que está en nuestras manos con lo que tenemos para seguir vivos.
Saludos cordiales.
=)
Uno de ellos lleva por nombre “Notas de libros y cafés” donde el autor tiene a bien recomendarnos una lectura acompañada de una buena mezcla de café y música. Y en su última entrega abordó una de las obras más icónicas del escritor estadounidense Ernest Hemingway.
Nacido en julio de 1899 en Oak Park, Illinois, Hemingway es uno de mis escritores admirados desde la juventud. En mi biblioteca personal tengo los títulos que más atesoro de él: Por quien doblan las campanas, Ahora también brilla el sol, y desde luego El viejo y el mar.
Justo sobre este último que menciono iremos en el viaje de hoy. La historia nos habla de Santiago, viejo pescador de La Isla que en honor a su oficio sale a una aventura del día a día para lograr la pesca. Entre algunos desvaríos, soliloquios y meditaciones propios de la edad y la soledad en altamar, los eventos nos van atrapando de forma muy sutil.
En un punto de clímax de conflicto, la batalla ha tenido sus daños colaterales dejando mutilada la presa que obtuvo con no pocas peripecias, y por añadidura el protagonista queda desarmado tras defender el botín de un tiburón y con un rastro de sangre sobre el agua mientras navega a tierra que atraerá a más “dentusos”.
Mal panorama sin duda, entendiendo por la experiencia de marino que probablemente no será fácil conservar mucho de ese trofeo antes de atracar nuevamente. Es ahí cuando, deseando que todo hubiese sido un sueño y que más valía no haber tenido éxito en pescar, dice en sus reflexiones en voz alta:
“…Pero el hombre no está hecho para la derrota. Un hombre puede ser destruido, pero no derrotado… No pienses viejo… Sigue tu rumbo y dale el pecho a la cosa cuando venga…”
Santiago en esta historia me remonta un poco al Atticus Finch de Harper Lee (al que ya he citado el mes pasado) cuando después del juicio para defender a Tom Robinson, hace una reflexión con su hijo respecto del veredicto del jurado con estas palabras:
“… Uno es valiente cuando, sabiendo que ha perdido ya antes de empezar, empieza a pesar de todo y sigue hasta el final pase lo que pase. Uno vence raras veces, pero alguna vez vence…”
Con la mención de estos dos diálogos heroicos, veo aquí en mis cavilaciones dos realidades que se conjuntan en un mismo cauce:
• Al parecer somos la única especie sobre la faz de la tierra que se aferra a la ilusión de controlar el presente y el futuro de su existencia.
• Al parecer somos la única especie sobre la faz de la tierra que, aunque tengamos las probabilidades en contra, lo intentamos por elección y no por instinto.
Para ahondar en el primer inciso, cito aquí otro de los substack que me ha dado grata sorpresa. “Philosopheasy”. En uno de sus newsletter de la semana pasada titulado “La sabiduría de la inseguridad” abordaba como el perseguir la certeza (control) en ocasiones es origen de nuestra ansiedad, mentando al filósofo Alan Watts como referente.
Tomando algunas palabras de Watts que aparecen en la publicación:
“… Tratar de manejar las cosas, tratar de forzarlas para que salgan como uno quiere, es la máxima expresión de inseguridad…”
Y esto lo hemos escuchado en boca de diferentes fuentes. Ekhart Tolle lo menciona en su libro “El poder del ahora”. Marco Aurelio lo aborda también en sus “Meditaciones”. Incluso en películas animadas, como en Kung Fu Panda, el maestro Oogway lo explica con un sencillo dicho para hacerle entender a Po lo que es importante de verdad.
Vivimos en un trajín diario que nos lleva a caer continuamente en la añoranza del pasado y la angustia por el futuro, perdiendo de vista el tiempo presente que vivimos. Queremos que exista la certeza absoluta de las cosas que nos ocurrirán en el trabajo, en la escuela, con la pareja, con el nuevo negocio… y todo hágase conforme a nuestra voluntad.
Más de uno quisiéramos tener el “Ojo de Agamotto” con el que el Dr. Strange manipula el espacio – tiempo para poder asomarnos a todos los futuros posibles y saber cuál de ellos es el que llenará mayormente nuestras expectativas. Empero, como hemos dicho, este deseo de control no es más que una ilusión.
Hay hechos que no podemos controlar, y que por mucho que nos mentalicemos y lo declaremos al universo, sucederán con o sin nuestro consentimiento, con o sin nuestra aprobación. El ciclo de vida de los seres vivos es un ejemplo. Y podemos expresarlo más o menos así: Nacer – angustiarse – crecer – angustiarse – reproducirse – angustiarse – morir.
Y aunque aplicar “Hakuna Matata” puede ser lo más deseable para no darle importancia, nuestra tendencia a rumiar y rumiar en el pensamiento las cosas que no son, sobre escenarios que no han sucedido, con la interpretación que ni los conspiranoicos de la era moderna han aplicado en temas más casuales.
Ligado a este pensamiento, me viene al recuerdo que el mes pasado, Isra Bravo en su directo de “Me la saco” nos contaba que hay mucho ruido alrededor de nosotros, y que lo más inteligente que podemos hacer es ver las cosas a largo plazo. Sólo verlas, no estar en constante insistencia de tener control de ellas, por ejemplo, en un mundo apocalíptico.
Si el mundo se degrada de tal manera en que todo es destruido, ¿Valdría la pena acumular oro, bitcoins o cualquier otro pasivo? ¿En verdad poner el foco en cosas así por el miedo al futuro, nos garantiza que nos salvaremos en el fin del mundo? La lógica de la supervivencia es que no, pero la idea de control nos dice otra cosa al oído.
Susurra y susurra “esto lo puedes hacer así, entonces esto va a pasar y esto otro lo vas a evitar”. Y cuando no suceden las cosas como nuestra mente maquiavélica planea o visualiza, empezamos con el estrés, el miedo, la ansiedad, la inestabilidad, el sentimiento de que no avanzamos y estamos estancados a los 20, 30, 40 o más años.
La visión en el largo plazo es necesaria para definir en donde estamos y a dónde queremos llegar. Es una aspiración que nos ponemos como meta. Y la acumulación de cosas o energías en cosas que creemos que nos van a hacer sobresalir (o sobrevivir) sólo demuestra la costumbre que tenemos a vivir con miedo de lo que aún no pasa.
Isra lo puso en palabras sencillas:
“… si el mundo se va a tomar por culo, tú te vas detrás…”
No niego que hay una soberbia satisfacción personal cuando, entre ese cúmulo de predicciones y pronósticos, llegamos a acertar en lo que sucederá. Satisfacción por el ego de decir “lo sabía” pero en ningún momento da paz, felicidad o gozo. Al contrario, sólo refuerza el contexto negativo de lo que nuestro pensamiento construye con base en nada.
Ahora bien, conscientes de que las cosas están fuera de nuestro control en la mayoría de los escenarios, y liberados del temor de lo que podría ser el día de mañana, podemos tomar dos posturas al respecto: resignarnos a que llegue el momento del fin, o hacer cosas que nos den plenitud y un presente mucho mejor.
En el segundo inciso que establecí anteriormente, marco una acción concreta que resume perfectamente la idea: elegir. Podemos tomar la elección de enfrentar este día con lo que tenemos y hasta donde nos den las fuerzas no por en esfuerzo carente de sentido, sino porque es parte de eso que queremos intentar para mejorarnos, aunque tengamos todo en contra.
Recordarán la escena de “Matrix Revoluciones” en la que el agente Smith le pregunta a Neo:
“… ¿Por qué señor Anderson? ¿Por qué? ¿Por qué persiste? ...”
Y la respuesta de Neo, por patético y risorio que nos parezca el personaje en la situación en la que se encuentra, le responde:
“… Porque yo elijo…”
Y solo eso hace la diferencia. Elegir. Por encima de las posibilidades a favor o en contra, con las fuerzas al límite, con la mente llena de sobre pensamientos e incluso con nadie que nos de su respaldo para continuar, tener la convicción y voluntad de permanecer en pie porque es lo que elegimos hacer.
En “Hombres de Honor”, Carl Brashear (interpretado por Cuba Gooding Jr.) tiene un momento así cuando, queriendo regresar al servicio activo, su esposa lo pone en la disyuntiva de hacer lo que quiere, o conservar a su familia. El sentimiento es profundo y doloroso cuando toma la decisión.
Con las probabilidades en contra, con la ayuda de un mentor que en su momento hizo todo lo posible por no verlo crecer, contra todo un sistema que sin precedentes para apoyar su solicitud le daba la espalda para lograr su cometido, Carl Brashear se reincorporó a servicio activo y duró nueve años más.
Pueden arrebatarnos todo. Pero no la voluntad. Y mientras la voluntad permanezca ardiente en nuestro pecho amalgamada con el deseo, las posibilidades son infinitas aunque las expectativas estén en contra. No es ir contra las reglas, sino conocerlas lo suficiente para estirarlas o romperlas a nuestro favor.
En palabras de Alan Watts:
“… La única manera de darle sentido al cambio es sumergirse en él,
moverse con él y sumarse a la danza…”
moverse con él y sumarse a la danza…”
Y cierro con esta frase del personaje Antonio Próximo cuando, en el momento previo a salir al combate, sus gladiadores novatos están bajo la arena del improvisado coliseo y los hace conscientes de lo que está por venir:
“… En definitiva, todos vamos a morir. Por desgracia, no podemos elegir cómo, pero sí podemos decidir cómo recibimos ese final, para que nos recuerden como hombres...”
No dejemos que el ruido alrededor nos abrume. Dejemos de preferir la ilusión de control que nos han acostumbrado a sentir, y hagamos lo que está en nuestras manos con lo que tenemos para seguir vivos.
Saludos cordiales.
=)