Con una historia sobre El Padrino y una trompeta que se quiebra, este texto vendió 6 conciertos de 2,300 butacas. Léelo.

Hugo Roca

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21 Feb 2026
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Comprar es, ante todo, un ejercicio de lectura,
Cuando se trata de su dinero, créeme: la gente sí lee.
Compramos aquello cuyas palabras nos seducen.
Sea cual sea el producto o servicio que ofrezcas, necesitas en tu equipo a alguien que pueda emocionar con palabras escritas.
Imaginemos, por ejemplo, un concierto sinfónico con bandas sonoras de cine italiano.
Boletos: 30-50 euros.
Lo vendemos así (te voy a hacer leer una historia larga):

Seguro te pasa:
Ves una película, avanza el tiempo y de pronto te descubres tarareando su música.
Eres incapaz de recordar la escena concreta.
No sabes en realidad por qué pensaste en ella.
Y, sin embargo, ahí estás:
Tarareando un tema cursi sin darte cuenta.
No estamos hablando de cantar en la regadera.
Sino en un lugar público.
La fila del super.
El asiento en el camión.
Sentado en un café viendo tu teléfono.
La gente te mira.
Tararear es una forma de sonreír.
Así que lo que piensan quienes te miran es:
“Mira, una persona feliz”.
Desconozco si tiene nombre este fenómeno.
Pero es hermoso.
Se relaciona con el misterio, los recuerdos y el asombro.

*
Te voy a contar una historia, aunque ésta sí es más sobre cantar en la regadera.
Me ocurrió hace mucho tiempo.
Debió haber sido antes de 1978.
Había visto la primera película de El padrino en el antiguo Cine Hipódromo, el que estaba en Tacubaya dentro del Edificio Ermita, ése de forma triangular entre Revolución y Avenida Jalisco.
Seguí con mi vida.
Llegaron problemas.
Estrés laboral.
Una muñeca rota y miopía.
Sensación de soledad.
No sonaba nada y era de noche.
Con mayor exactitud: era el conticinio del domingo.
Ya sabes: el momento más vacío del día.
La forma en que mi cuerpo encontró para cobijarse a sí mismo fue recurrir al sonido.
Producir sonido.
Supongo que fue una protección contra el vacío.
Comencé a canturrear el famoso vals de El padrino, ese que empieza con un solo de trompeta interpretado con la pantalla negra y luego va sufriendo variaciones a lo largo de la película en escenas familiares de enfermedad, trabajo, decisiones difíciles, triunfos, venganzas y tragedias.
Un solo de trompeta que se quiebra.
Ahí estaba yo, inmóvil, tarareando un solo de trompeta en el que todo lo que parece estarse formando termina por caerse en pedazos.
Una verdadera invitación a la desgracia.
Si alguien me hubiera grabado, el resultado hubiera sido un patético balbuceo desentonado.
Pero dentro de mí, la sensación fue epifánica.
En mi imaginación, comencé a escuchar a los demás instrumentos que intervienen en la obra.
El clarinete, el bandoneón y la tarola, que salvan a la trompeta del abandono.
Le hacen entender que su canto fúnebre no es tan importante.
Juguetones, determinados, lo llevan hasta el vals, que irrumpe a la mitad desde la mandolina con la fuerza de una idea nueva; al no compartir pasado con los otros acontecimientos musicales, su aparición es fresca y liberadora.
Aquí lo importante es que, al tararear e imaginar esta música, no visualizaba las escenas de la película.
Sino de mi vida.
Aconteció un proceso de apropiación mística.
En realidad lo único que quiero decir es que en un momento difícil tararear de madrugada el vals de El padrino me hizo sentir que todo iba a estar bien.

*
Hay días en los que la rutina se siente gris.
Estamos tristes.
Estamos cansados.
No nos falta nada urgente, simplemente caminamos por la ciudad como personas aburridas.
Nos gustaría, por un instante, experimentar esa intensidad que nos transmiten las películas.
Para eso existe la música de cine:
Nos permiten regresar a través del sonido a esos instantes que tanto nos han conmovido.

*
¿Por qué no convertir esto tan especial en una experiencia comunal?
Así nació La Dolce Vita, el concierto anual con música del cine italiano que la Sinfónica de Minería presenta en febrero.
Ven.
Invita a tu familia.
Trae a alguien que quieres.
Recordarás el lugar en el que estabas, con quién y cuántos años tenías cuando por primera vez viste Cinema Paradiso.
Pero una orquesta no es un cinematógrafo viejo.
Una orquesta tiene el poder de la trascendencia.
Pon ahora mucha atención a esto:
En algún momento del concierto, la música se desprenderá de la historia del cine para entrar en ti.
Esos temas conocidos ya no describirán en tu imaginaciones escenas de películas que has visto.
Se volverán íntimos.
Se meterán dentro de ti para recorrer tus miedos, ilusiones y fantasmas.
Experimentarás un proceso de apropiación mística.
Y al salir del concierto estarás sonriendo.
Querrás ir a cenar.
Pedir vino.
Despertar temprano e ir a correr a Chapultepec.
Como en una linda película italiana, habrás recordado que, a pesar de todo, en tu vida existe la posibilidad de la magia.

P.D. Durante dos años seguidos, el programa la Dolce Vita de la Sinfónica de Minería ha agotado sus seis fechas en la Sala Nezahualcoyotl, de 2300 butacas.
 
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