Quien más, quien menos... primera interacción en el foro

Portu

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Hola a todos, llevo ya algunos meses de haberme unido, pero es la primera aportación que hago en él. Sus comentarios y opiniones me serán de gran guía y apoyo para las siguientes entregas =)

QUIEN MÁS, QUIEN MENOS

Así comienza una canción del cantautor español Joaquín Sabina, de su álbum “Lo Niego Todo” de 2017.

En ella nos describe un poco a manera autobiográfica los pequeños detalles (peccata minuta) de su intimidad emocional, en una edad entrada ya de su vida personal y su carrera musical, y de las que sólo la madurez que da el tiempo nos permite recordar para reírnos (y quizá un poco para llorar).

Uno de los versos dice así:

“…Pero yo fui más lejos,

me dio por confundir el cuándo y el dónde,

me disfracé de sabio frente al espejo,

busqué dentro del alma lo que se esconde…”


Con un talante del tipo que caracteriza a Sabina ( y a muchos otros hombres y mujeres en el mundo, sin importar a que se dedican) en ocasiones, uno de estos pequeños pecados de los que podemos hacer memoria tiene que ver con la actitud que tomamos – ahora o en el pasado – ante ciertos eventos y hechos de nuestro día a día.

Isra Bravo (para quien no lo conozca adelanto, el hombre vale su peso en oro) compartía el otro día en un newsletter de esos que tiene a bien compartir con gente mortal como yo, el caso de un duelo de ajedrez entre una chica de 30 años y un joven caballero de 11, el cuál mostró dos gestos importantes en la contienda.

El primero, salir ganador de la partida. No entraremos en detalles de jugadas y piezas movidas (porque no nos aportaría en este momento algo conveniente) pero baste decir que su contrincante tuvo a bien felicitarlo al final del encuentro (cosa admirable y, aunque suene raro, de poco reconocimiento en el tiempo en que vivimos).

El segundo, el chico le dice que no debe estar avergonzada de perder (en su inocencia o en su seguridad abrumadora considerando su edad) y que espera que algún día ella esté contenta de decir que pudo jugar contra él. Ella le pide que repita lo que dijo, y el chaval, con impasible tranquilidad, lo repite.

Ya en el contexto del vídeo, se entiende que ella conocía los resultados previos de su joven oponente, y la felicitación sincera que le hace termina con ella diciéndole que él es un futuro campeón del mundo. Al saludo final y las glorias de su juego, el chico agradece de forma educada, se levanta y se va.

De vuelta con Isra, en su newsletter nos compartía que algunos comentarios al respecto del chaval (Alexander) giraban en torno a crítica por la “arrogancia / soberbia” que mostró al decir que ella (Dina) se alegraría de haber jugado (me atrevería incluso a decir perdido, pero es mi percepción) contra él.

En el transcurso del encuentro (que pueden encontrar en la plataforma de vídeo por default) Alexander denota una inteligencia (emocional) y seguridad que – como redactara Isra en su correo – la mayoría de los adultos no podrá soñar en su vida. Y en vez de aprender y admirar, se decantan por criticar o denostar su comportamiento.

Y esto a veces pasa con algunos de nosotros cuando tenemos un sesgo de conocimiento total de las cosas, y desacreditamos el valor o certeza que algunos jóvenes muestran y que no siempre lleva un tinte de vanagloria. Empero nosotros, adultos que hemos recorrido ya un camino, lo vemos así. Y al tiempo se reconoce la falta.

Yo mismo, no como profesional sino en lo privado, caí en esto con mi hijo mayor. En su momento no lo vi con la visión que ahora me ha dado la vida, y hoy que soy más viejo, estoy más cansado y no aprendo tan fácilmente “trucos nuevos” puedo reconocer sin falsa humildad lo errado que estuve en ambos casos que les comparto a continuación.

En el primero, mi hijo con sus tíos tenía una conversación trivial, inocente, quizá incluso hasta fantástica en la que el tema principal era la pizza y el queso. Entre el juego y la risa, comenzaron la común exageración de competencia entre niños, que los adultos también replicamos en ocasiones, pero no reconocemos.

En uno de esos comentarios, mi hijo dijo “Yo quiero una pizza de 542 mil 860 quesos” (no recuerdo la cifra exacta, pero algo así de “ilógico” para un adulto funcional) y yo, en un arrebato de excesiva y nada oportuna coherencia, volteé y le dije con la peor cara que un padre puede poner a un hijo “No existen 542 mil 860 quesos”.

En ese momento no lo entendí, pero la cara de decepción y tristeza que puso mi muchacho fue el reflejo de lo que de manera inconsciente algunos hacemos sea como padres o líderes: Descalificar y desacreditar la visión inocente de una persona, y romper de manera alevosa la seguridad que puede hacer la diferencia en su vida.

Años más tarde (un poco antes del año de pandemia) al regresar de la oficina a la casa – una de las raras veces que llegué para encontrarlo despierto - entre bienvenida y resumen de lo que había hecho en el día, hubo un momento de la conversación en que me planteó una idea que, de nuevo por sesgo, minimicé.

Me dijo “Oye papá ¿Te imaginas que se pudiera recargar la tarjeta del metrobus (que en ese entonces era una tarjeta exclusiva para ese transporte) desde el celular?”.

En mi visión limitada y obstruida por la rutina de enfrentar problemas lógicos que sólo aceptan respuestas lógicas, le dije que era complicado, que llevaba un proceso en el que bla, bla, bla, bla… jerga de adulto falto de imaginación, que era justamente lo que él me había propuesto en su pregunta.

Sobra decir que esa visión que tuvo, lejos de mi argumento aburrido y monótono para su creatividad, al final tuvo éxito. Y hoy, cada vez que recordamos la anécdota, él no deja de decirme un poco entre risa y tristeza que esa fue su idea. Y yo, cada vez que me lo dice, siento que mi corazón se hace chiquito mientras le sonrío reconociendo mi culpa.

Y el sentimiento es, en primera instancia, porque es mi hijo. Y en segunda instancia porque sé que a él (y quizá a alguien más en mis 25 años de trayectoria laboral) pude haberle no sólo truncado la creatividad, sino mermado de manera vil y llana la seguridad que le es necesaria para enfrentar las experiencias de vida.

¿Cuántos de nosotros podríamos caer en este escenario? No quizá con lo dramático de los eventos que les comparto de mi vida personal, sino en general. Yo lo planteo de alguien de mayor edad contra alguien de menor, pero quitando del escenario los números de días de los años de nuestro peregrinar vida sobre la tierra, es común predisponernos al rechazo de lo nuevo.

Por ejemplo, hace dos años me asignaron un equipo de trabajo tras una reestructura del área. Me reportarían a partir de ese momento dos personas. Yo no las conocía en el momento más que de vista, y quizá de un saludo ocasional. A la par, yo tenía meses de haber entrado al área y ellos ya contaban con más de dos años de operación.

Puedo presumir que, contra todo pronóstico y pese a algunos comentarios (innecesarios) que recibí en mala referencia de su forma de trabajo, hubo una buena conexión con ambos y la dinámica de trabajo que logramos fue – modestia aparte – la necesaria y suficiente para que su trabajo se viera no sólo cumplido, sino ejecutado con satisfacción.

En una retroalimentación ascendente, un año después de estar juntos, uno de ellos me confesó que al saber que lo iban a asignar conmigo técnicamente “se indignó”. Entre risas y sarcasmo – por la confianza y amistad que ya teníamos – me dijo que pensó: “¿Y este que me va a enseñar? Apenas llegó al área. Yo llevo “n” años y sé todo”.

Y es cierto. En la parte técnica, en como hacer procesos, organizar, construir, dirigir un flujo, poco o nada le pude enseñar que no supiera previamente. Pero con el pasar de los días / meses – me decía con risa nerviosa – se fue dando cuenta de cosas que, para él, hasta ese momento no había aprendido de otro líder reciente o añejo.

Descartar y desechar algo no es siempre una cuestión de edad, sino también de actitud, de falta de visión – o de imaginación – y de falta de apertura para analizar, procesar, reconocer lo que vemos como conveniente y mencionar con asertividad lo que desde nuestra perspectiva no encaja en el rompecabezas, para entender como lo ve el otro.

Mis abuelos lo llamaban HUMILDAD. Y la IA hoy me dice que en su contexto “la verdadera humildad no es pensar menos en uno mismo, sino pensar en uno mismo menos a menudo, y estar siempre dispuesto a aprender de cualquier fuente, sin importar procedencia o edad. Todos somos estudiantes y maestros en potencia”.

La próxima vez que enfrentes la encrucijada de elegir o descartar una idea 'ilógica' o inesperada, haz una pausa. Recuerda que la creatividad y la perspectiva se desentienden a menudo de jerarquías o años de experiencia. Tu apertura puede ser clave para no truncar de forma innecesaria la visión o la seguridad de otra persona.

¿En qué momento de su carrera su 'sentido común' o experiencia les impidió ver una solución que alguien menos experimentado les puso enfrente? Me gustaría leer sus anécdotas de 'peccata minuta' profesional.

Quien más, quien menos… el que esté libre de pecado, que arroje la primera piedra.

FIN

Un último comentario para esta honorable comunidad. Este contenido lo genero actualmente para mis redes sin la ambición de un apoyo económico, financiación, patrocinio o beneficio material, así como tampoco con el afán de recibir likes y repost del mismo. Es pensamiento, reflexión y experiencia de vida que espero en verdad se vea correspondida con los comentarios y opiniones de quienes me hacen el honor de leer hasta el final.

Y con esto, completo mi debut con ustedes. Agradezco su amable atención.

Saludos cordiales

=)
 
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