Tú también tienes fecha límite
Almudena es visitadora médica.
Si no conoces ese mundo, imagina esto:
Camina horas cada día, entra a clínicas, persuade médicos con precisión quirúrgica, cumple cuotas, presenta números, vive bajo presión constante.
Trabajo de alto rendimiento.
Altas comisiones.
Y un cuerpo que, aunque nadie lo diga, paga la factura.
A ella le gusta esa vida.
Competir, cumplir, acumular.
Ya tocaba sus metas con la punta de los dedos:
la casa en el condominio exclusivo,
el crucero de 10 días,
la sensación de “por fin lo conseguí”.
Hasta que pasó lo inevitable.
Dos días antes del crucero, se baja del carro…
y queda trabada.
Cervicales, dorsales, hombro.
Un bloqueo de los que no se negocian.
“Qué mierda…”, me dijo.
“Un crucero así no sirve para nada.”
Y ahí estaba la verdad, desnuda y honesta:
Había cumplido con todos.
Menos con ella.
El cuerpo llevaba tiempo avisando:
tensión en el pecho, rigidez en el cuello, respiración cada vez más corta, fascias contrayéndose para sostener un ritmo que no estaba hecho para humanos.
Lo más sorprendente no es el dolor… es lo que pasa debajo de la piel sin que lo notes.
Porque cuando la mente no escucha…
el cuerpo interrumpe.
Cuando llegó a la camilla no traía solo un bloqueo.
Traía un sistema nervioso saturado
y fascias en modo “emergencia prolongada”.
Después de más de 1500 sesiones en los últimos años mi propuesta fue clara:
Shiatsu Miofascial.
Presión precisa, perpendicular y mantenida.
Liberación capa por capa.
Espacio para que el cuerpo recuerde cómo moverse sin dolor.
Y un sistema nervioso que vuelve a bajar revoluciones después de meses en alerta.
Tres sesiones después, Almudena no solo lograba erguisre:
respiraba hondo, dormía mejor y sentía —por primera vez en mucho tiempo— que su cuerpo estaba de su lado.
6380 4288 para agendar tu sesión de Shiatsu Miofascial.
P.D. El cuerpo siempre cobra.
La elección es simple:
pagar antes… o pagar después.
Almudena es visitadora médica.
Si no conoces ese mundo, imagina esto:
Camina horas cada día, entra a clínicas, persuade médicos con precisión quirúrgica, cumple cuotas, presenta números, vive bajo presión constante.
Trabajo de alto rendimiento.
Altas comisiones.
Y un cuerpo que, aunque nadie lo diga, paga la factura.
A ella le gusta esa vida.
Competir, cumplir, acumular.
Ya tocaba sus metas con la punta de los dedos:
la casa en el condominio exclusivo,
el crucero de 10 días,
la sensación de “por fin lo conseguí”.
Hasta que pasó lo inevitable.
Dos días antes del crucero, se baja del carro…
y queda trabada.
Cervicales, dorsales, hombro.
Un bloqueo de los que no se negocian.
“Qué mierda…”, me dijo.
“Un crucero así no sirve para nada.”
Y ahí estaba la verdad, desnuda y honesta:
Había cumplido con todos.
Menos con ella.
El cuerpo llevaba tiempo avisando:
tensión en el pecho, rigidez en el cuello, respiración cada vez más corta, fascias contrayéndose para sostener un ritmo que no estaba hecho para humanos.
Lo más sorprendente no es el dolor… es lo que pasa debajo de la piel sin que lo notes.
Porque cuando la mente no escucha…
el cuerpo interrumpe.
Cuando llegó a la camilla no traía solo un bloqueo.
Traía un sistema nervioso saturado
y fascias en modo “emergencia prolongada”.
Después de más de 1500 sesiones en los últimos años mi propuesta fue clara:
Shiatsu Miofascial.
Presión precisa, perpendicular y mantenida.
Liberación capa por capa.
Espacio para que el cuerpo recuerde cómo moverse sin dolor.
Y un sistema nervioso que vuelve a bajar revoluciones después de meses en alerta.
Tres sesiones después, Almudena no solo lograba erguisre:
respiraba hondo, dormía mejor y sentía —por primera vez en mucho tiempo— que su cuerpo estaba de su lado.
P.D. El cuerpo siempre cobra.
La elección es simple:
pagar antes… o pagar después.