ÓSCAR MODREGO
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Nos han vendido la idea de que vivir bien es que todo funcione: el trabajo va, la pareja va, la salud va, el dinero va.
Y si algo no va, entramos en pánico. Queremos retocar, corregir, arreglar. Como si la vida fuera una especie de jardín zen donde nada puede salirse de su sitio.
Pero la vida no es un jardín, es selva. Crece, se enreda, se moja, se ensucia, y —por mucho que nos pese— a veces se vuelve incómoda.
Nos resistimos a vivir si no es desde el placer, desde el control, desde el “todo va bien”.
Pero vivir no es controlar, es rendirse. No a la resignación, sino a la experiencia.
No controlar no significa dejarte llevar a la deriva; significa confiar en que, aunque el camino raspe, ahí también hay verdad.
Cuando evitamos la incomodidad, rechazamos justo la mitad de la vida.
Lo triste, lo confuso, lo incierto. Esa parte que duele, pero que también enseña.
Y lo hacemos porque confundimos “normal” con “bueno”. Lo “normal” es tener un buen día, que las cosas encajen, que el plan salga.
Lo “anormal” es llorar sin motivo, perder la calma, sentirse roto. Pero dime una cosa: ¿qué hay más natural que eso?
La vida no es normal. La vida es. Sin etiquetas. Sin manual. Sin permanencia.
Lo normal y lo anormal son juicios del ego para sentirse a salvo, pero ninguno toca la verdad profunda: que todo lo que pasa también es vida.
Transitar la incomodidad es un acto de humildad.
Es decirte: “Esto duele, esto me cuesta, pero forma parte del viaje”.
Es dejar de huir de las sombras para darte cuenta de que ahí también estás tú.
Y cuando lo haces… algo cambia. No porque los problemas desaparezcan, sino porque dejas de pelearte con la realidad.
Y al soltar esa lucha interna, por primera vez, empiezas de verdad a vivir.
Y si algo no va, entramos en pánico. Queremos retocar, corregir, arreglar. Como si la vida fuera una especie de jardín zen donde nada puede salirse de su sitio.
Pero la vida no es un jardín, es selva. Crece, se enreda, se moja, se ensucia, y —por mucho que nos pese— a veces se vuelve incómoda.
Nos resistimos a vivir si no es desde el placer, desde el control, desde el “todo va bien”.
Pero vivir no es controlar, es rendirse. No a la resignación, sino a la experiencia.
No controlar no significa dejarte llevar a la deriva; significa confiar en que, aunque el camino raspe, ahí también hay verdad.
Cuando evitamos la incomodidad, rechazamos justo la mitad de la vida.
Lo triste, lo confuso, lo incierto. Esa parte que duele, pero que también enseña.
Y lo hacemos porque confundimos “normal” con “bueno”. Lo “normal” es tener un buen día, que las cosas encajen, que el plan salga.
Lo “anormal” es llorar sin motivo, perder la calma, sentirse roto. Pero dime una cosa: ¿qué hay más natural que eso?
La vida no es normal. La vida es. Sin etiquetas. Sin manual. Sin permanencia.
Lo normal y lo anormal son juicios del ego para sentirse a salvo, pero ninguno toca la verdad profunda: que todo lo que pasa también es vida.
Transitar la incomodidad es un acto de humildad.
Es decirte: “Esto duele, esto me cuesta, pero forma parte del viaje”.
Es dejar de huir de las sombras para darte cuenta de que ahí también estás tú.
Y cuando lo haces… algo cambia. No porque los problemas desaparezcan, sino porque dejas de pelearte con la realidad.
Y al soltar esa lucha interna, por primera vez, empiezas de verdad a vivir.